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domingo, 2 de mayo de 2010

VIVIR EN EL CORREDOR DE LA MUERTE



Llevo tres años viendo las mismas paredes, las mismas grietas. Mi vida transcurre cada día, exactamente igual al anterior, aunque no deja de ser un eufemismo llamar vida a esto. Es la rutina que te va consumiendo hora tras hora. Es la espera de un final que conoces pero no sabes cuando va a llegar.  Pueden ser días, meses o años. Estoy sujeto a extraños designios que decidirán durante cuanto tiempo mas puedo seguir respirando.
Paso horas mirando al techo y recordando imágenes que permanecen vivas en mi retina. Acontecimientos de mi existencia que me llevaron hasta donde hoy estoy.
Pienso a menudo en mis hijos. Frank ya ha cumplido once años y Lisa siete.  Imagino como serán ahora. Frank era igual que yo y Lisa era como su madre. Desde que ocurrió aquello, no los he vuelto a ver.  Ya han pasado tres años.
Cuando me lo permitía mi trabajo, jugaba con ellos, íbamos al campo, al cine. Creo que fui un buen padre.
¿Pero por que pienso en pasado si todavía estoy vivo?
Esta noche no he podido dormir. Una más.
Son las tres, ya vienen a traer esa bazofia que llaman desayuno. Ni siquiera a nosotros nos quieren alimentar con dignidad.
Recuerdo que los primeros meses perdí hasta mi identidad. Solo era un número. Un número que ya no podré olvidar. Los guardias no me llamaban por mi nombre sino por mi número.  Hasta ese extremo quieren alienar a los que estamos en el corredor.
Me dejan salir al patio una hora al día. Es el mejor momento. Vuelvo a ver la luz aunque sea rodeado de hormigón y de guardias armados. Veo que el sol sigue saliendo, a pesar de mi situación, como si no pasase nada.



Mi madre viene a verme cada quince días.
Es la única que lo hace desde el principio.
Es la única que no me dio la espalda, aunque no lo aceptó.
Es la única que me quiere a pesar de lo que hice.
Siempre he pensado que ser madre, transforma a la mujer en un ser especial para  con sus hijos.
Sus visitas resultan cada vez más dolorosas para los dos. Yo acerco mi mano al cristal blindado y ella apoya la suya desde el otro lado, intentando establecer un contacto físico  imposible. Intentando que el cristal se convierta en  vehículo de calor y sentimientos.
Con la mano libre cogemos el teléfono y ella me cuenta las novedades de los últimos quince días. Intenta que no pierda la esperanza. La resolución de la apelación esta próxima y el abogado me ha dicho que hay muchas posibilidades de que se tenga que repetir el juicio.  Me dice sin  mucha convicción, pero intentando que yo lo crea.
Ha envejecido treinta años en tres.
Profundas arrugas, antes inexistentes, surcan un rostro que ahora tiene una permanente expresión de tristeza. Sus hermosos ojos están hundidos y sin vida, sin la chispa que les daba esa belleza.  Las  lágrimas derramadas los han secado.
A pesar de eso, en cada despedida, veo como se tornan vidriosos y reprime sus ganas para no hacerme sentir peor. Los míos siguen su ejemplo.
Pega al cristal las últimas fotografías de mis hijos para que vea como están y yo tengo que morderme el labio para no gritar de dolor.
Llorar aquí no es fácil. Nadie debe verme. Solo  puedo aprovechar las horas de soledad que  paso en la celda.

Hoy ha venido mi madre con mi abogado.
Traian noticias
Después de repetir el ritual de la mano en el cristal, el abogado ha cogido el telefonillo.
 Yo lo sabía antes de que me lo dijese.
Sus caras hablaban por ellos, especialmente la de mi madre.
En esta ocasión,  a la vez que el abogado me lo comunicaba, mi madre y yo nos estuvimos mirando.
Ninguno de los dos nos pudimos reprimir. Las lágrimas afloraron  sin obstáculos, como si se quisiesen desquitar de haber permanecido tanto tiempo ocultas. Ya no me importaba que me viesen.

No habrá  repetición del juicio. La apelación ha sido rechazada.
La fecha de la ejecución  ha sido fijada para dentro de veintiocho días.
Pronto, el corredor de la muerte tendrá un inquilino menos.

Aunque no se por que, he tenido una sensación de paz y liberación después de conocer la noticia.
Solo lo lamento por mi madre. Por muy fuerte que sea, ninguna esta preparada para ver morir a un hijo