viernes, 11 de septiembre de 2009

SEIS MESES ( II )

EL DESENLACE

......Ese día, estuve especialmente borde en el trabajo.
La falta de descanso durante la noche, acentuó la escasa paciencia de la que hacía gala en los últimos meses, desde que empecé a encontrarme mal.
Concerté una cita, para esa misma tarde, con otro oncólogo de reconocido prestigio.
A las 17 horas, me encontraba de nuevo en otra sala de visitas. Completamente solo, ya que la consulta empezaba a las seis. Mi insistencia y haber nombrado a un conocido común, me facilitó que el médico adelantase una hora su trabajo para recibirme. Él mismo me abrió la puerta y me acompañó a la sala.
El día anterior estaba angustiado por el miedo a lo que me pudiesen decir. Hoy también lo estaba por que ya lo sabía, pero tenía la esperanza de que este profesional viese una salida. Una posibilidad de que no estuviese tan claro como me habían dicho. De que, aún perdiendo calidad de vida, pudiese seguir celebrando mi cumpleaños durante mucho tiempo. Me agarraba a eso como a un clavo ardiendo.
En este caso, la frialdad del cuarto del día anterior, se transformaba en tres paredes llenas de títulos, premios, diplomas y certificados y una con una reproducción del cuadro de Jacques-Louis David “El Retrato del Doctor Alphonse Leroy”.

Se podía seguir la trayectoria profesional del médico, leyendo la sucesión de títulos colgados en orden cronológico y que hacían dudar de cuando había tenido tiempo de ejercer su profesión.
Abrió la puerta un hombre de unos sesenta años, de pelo canoso, con gafas de cristales sin montura y con la tez morena por la exposición al sol. Una amable sonrisa le daba aspecto de buena persona. Llevaba sin abotonar la correspondiente bata que delataba quién era.

Me pidió que le acompañase a la consulta e iniciamos una conversación trivial sobre la persona que me había facilitado su teléfono y que había sido su compañero en la universidad. Entendí que era una forma de establecer un mínimo margen de confianza entre nosotros, para facilitar la conversación sobre el motivo de mi visita.
Después de tomar un café que preparó él mismo, le entregué la documentación de las pruebas médicas que me habían realizado y, en silencio se puso a leer.

Transcurridos quince minutos, cerró la carpeta y me miró a los ojos a la vez que empezaba a hablar.

- Han hecho un buen trabajo. Los resultados de las pruebas son coherentes…. y lamentablemente, el diagnóstico es acertado.

Sentí que por segunda vez en veinticuatro horas, el mundo se me venía encima.
Casi con malos modos, le espeté

- Pero algo se podrá hacer, seguro que se puede operar. A lo mejor en otro país, disponen de técnicas más avanzadas.
- En este campo, ya no existen fronteras y, si hubiese forma de resolverlo, la estaríamos aplicando
- Y en este caso ¿Qué es lo que me recomienda? – le pregunté-
- Tal y como le sugirió mi colega, la quimioterapia y radioterapia le darán unos años más. Si no iniciamos cuanto antes el tratamiento, coincido también en la estimación de los seis meses
- ¿El tratamiento me permitirá hacer una vida normal?
- No. Dado que hay que atajar cuanto antes el avance del tumor, el tratamiento ha de ser agresivo, y eso quiere decir que probablemente deberá permanecer hospitalizado para las sesiones de quimio, hasta que se recupere. Tendrá una merma física considerable, perderá el cabello temporalmente y en consecuencia, no, no podrá llevar una vida normal.
- O sea, a ver si lo he entendido bien. Viviré unos años más, en el mejor de los casos, pero estaré deseando morirme por lo mal que lo voy a pasar con el tratamiento.
- Hombre, eso es muy exagerado. Influye mucho la capacidad que uno tenga para afrontar la enfermedad y luchar contra ella
- Si, ya se, he oído casos en los que afectados han conseguido “ganar la batalla” a la enfermedad, por que nunca se han dado por vencidos y tenían muchas ganas de vivir. Le aseguro que difícilmente encontrará a alguien con más ganas de vivir que yo, pero la vida me ha enseñado a ser pragmático y dudo mucho que las células tumorales dejen de crecer por mis ganas de vivir.

Insistí

- ¿Qué ocurrirá si no sigo el tratamiento?
- El avance del tumor seguirá su curso y, cuando se produzca la metástasis, sufrirá importantes dolores.

Guardó silencio unos segundos

- Si adopta esa decisión, existe lo que llamamos “Tratamiento paliativo”, que consiste en la prescripción de morfina para evitar esos estadíos de dolor agudo…. Hasta que llega el final.


La enfermera se había asomado discretamente a la consulta, sorprendida por la presencia del médico antes de la hora habitual.
Comprendí que ya no tenía sentido permanecer más tiempo allí. Le agradecí su tiempo.
Al despedirme, con un gesto que me pareció real, no de cortesía me dijo

- Lo siento
- Yo también
– le respondí –

Fui caminando hasta mi casa. Durante el trayecto pensaba en la conversación mantenida unos minutos antes. Había quedado claro cuales eran las opciones.
Ahora me tocaba elegir.

Cogí el ascensor, coincidiendo con una vecina que vivía un piso por encima del mío. Una mujer joven y bonita que dejaba oír su voz a través de las paredes, en las discusiones que mantenía con su marido. En más de una ocasión, pensó en tirarle los tejos. A ella, parecía no disgustarle. Quizás todavía estaba a tiempo.
A pesar de sus cincuenta años, se mantenía bien. Era bien parecido y tenía encanto con las mujeres. Pensó que había desperdiciado muchas oportunidades de mantener sexo sin complicaciones a lo largo de su vida y ahora se cuestionaba si no había hecho el tonto dejándolas pasar. Su matrimonio no se hubiera resentido, o al menos eso pensaba él, y al menos, hubiese disfrutado.

Abrió la puerta, forzó una sonrisa y anunció su llegada
Había tomado una decisión sobre su futuro


A la semana siguiente, un compañero de la oficina celebraba un ascenso e invitó a cenar a la gente de su departamento.
Iba a declinar la invitación poniendo cualquier excusa, pero lo pensé mejor y decidí que no me iría mal una noche de juerga.
Quedamos en un pequeño restaurante francés. Llegé diez minutos antes. Entendía la puntualidad como un signo de buena o mala educación y procuraba llegar antes de la hora a mis citas.
Durante la cena, se sentó frente a mi una secretaria de dirección, una mujer de mediana edad, separada, agraciada físicamente, pero a la que los problemas le habían empujado a una prematura vejez, que no se correspondía con su edad.

Nos caíamos bien y manteníamos frecuentes conversaciones en el trabajo.
El tiempo pasó entre copas de Beaujolais, risas y la sucesión de platos de degustación que iban saliendo de la cocina.
Al finalizar la cena, el grupo comenzó a disgregarse. Algunos optaron por marcharse a sus domicilios y otros, optamos por ir a tomar una copa.
Judith, que era el nombre de mi compañera de mesa, me miró con complicidad y decidió quedarse a tomar “la penúltima”.
Después de recorrer varios locales de moda, en los que pude comprobar mi desfase, y con una buena dosis de alcohol en el cuerpo, decidimos marcharnos a casa.
Yo iba a ir caminando, y en un tramo seguía la misma ruta que Judith, así que, caballerosamente, me ofrecí a acompañarla.

Antes de salir, había decidido intentar no pensar en el “problema”. En cierto modo lo conseguí, ayudado por el alcohol. Durante toda la noche me obligué a estar más jovial que de costumbre, cosa que extrañó bastante a mis compañeros, y que Judith interpretó a su manera.

Durante el trayecto, pensé en intentar acostarme con ella, pero al momento lo descarté. Me consideraba un amigo, era una compañera de trabajo y todavía me quedaba un ápice de bondad como para no joder más a una mujer que ya había sufrido lo suyo y empezaba a levantar cabeza.
Llegamos a la puerta de su casa y me acerqué a ella, para darle dos besos de despedida. Pareció sorprenderse, me miró unos instantes y me dijo

- ¿Te apetece un café?

Yo miré mi reloj, dije que era muy tarde, pero en el fondo estaba deseando, así que acepté.

Ocupaba un modesto piso de alquiler que, hasta una semana antes había compartido con una amiga. Pero esta, había sido trasladada de ciudad y se había quedado sola.
Preparó la cafetera y dijo que iba a ponerse ropa más cómoda. Como supuse, la comodidad estaba relacionada con la cantidad, así que apareció con una ligera bata, bajo la cual se adivinaban formas muy sugerentes.

En los minutos que estuvo ausente, pensé en lo que iba a hacer, pero decidí que para lo que me quedaba, iba a aprovechar la situación. Sería de tontos no hacerlo.
A pesar del café, el alcohol seguía con su incompleto proceso de depuración, así que todo resultaba más fácil, más desinhibido.
Sin previo aviso, metí mis dedos entre su cabello y me acerqué a su boca. Tenía labios gruesos y sensuales. Era uno de sus atractivos. Los besé con suavidad. Los acaricié con la punta de mi lengua y terminé mordiendo muy despacio su labio inferior, notando como la humedad de su boca se fundía con la mía.
La noté un poco distante, me separé de ella y al mirarla, bajó la cabeza y se retiró.

- Perdona. Me he dejado llevar. Me pareció que te apetecía

Ella se volvió rápidamente

- No es culpa tuya. En realidad si que me apetece……pero no puedo.
- ¿Por qué?
- No estoy bien. No puedo
- No te preocupes, es culpa mía, lamento haberte puesto en esta situación.

Un poco más calmada, empezó a contarme los problemas de su separación.
Un marido reiteradamente infiel, del que ella seguía perdidamente enamorada, la había abandonado hacía dos años, y no había podido superarlo.
Yo callé mientras hablaba y , en esa vorágine de sinceridad, dudé por un momento si contarle lo mío.
Opté por continuar callado dejando que se desahogase.

En algunas borracheras, el alcohol se transforma en lágrimas. Esta fue una de ellas.
Salí de su casa completamente hundido y me dirigí a la mía, esperando que mi mujer estuviese durmiendo plácidamente. No tenía ninguna gana de dar explicaciones.




Pedí unos días libres en el trabajo y en casa dije que tenía que hacer un viaje por motivos de trabajo.
Siempre que iba de viaje a Barcelona, me quedaba a dormir en el apartamento de la playa. No me gustaban los hoteles y si podía los evitaba.
Puse en la maleta algo de ropa y me marché.

La casa de la playa era el rincón en el que me evadía del mundo. Y sobre todo cuando iba solo.
Era principio del otoño, pero todavía hacía un tiempo agradable para pasear.
Abrí los ventanales para ver el mar. No se veía a nadie ni en el paseo marítimo ni en la playa.
La soledad más absoluta.
Lo que había ido a buscar.


El ocaso del sol dejaba un contraste de luces rojizas y anaranjadas que invitaban a pasear y es lo que hice.
Caminé por la playa un buen trecho, pisando la arena húmeda y recibiendo la caricia de alguna ola, que envolvía mis pies, hasta que casi no podía soportar el frío.
Quería sentirme vivo.
Regresé caminando por el paseo sin cruzarme con nadie y pensando en la difícil decisión que tenía que tomar.


Al día siguiente, después de desayunar, conecté el ordenador para ver el correo. No había nada digno de mención.
Llamé a casa para confirmar que todo iba con normalidad, y salí nuevamente a caminar.
El hecho de caminar, no era una forma de hacer ejercicio. Mientras caminaba, podía pensar con claridad. Fue una costumbre adquirida años atrás y que me funcionaba muy bien.

Al principio, no la reconocí.
Siempre fui buen fisonomista y cuando veía una cara de alguien que había visto anteriormente, me acordaba.
En este caso, sabía que la conocía pero no de que. Cuando me crucé con ella, noté que me miró durante unos instantes con la misma sensación de deja vu que yo. Después de unos cincuenta metros lo recordé. Era la mujer que estaba en la consulta del oncólogo, acompañada de una chica más joven.
Dudé por unos instantes en volver y saludarla, pero ¿Qué le iba a decir? ¿ Es usted la persona que estaba en la consulta del “Dr. Muerte” hace unos días?. Lo dejé pasar y continué caminando.


Pocos metros después, una voz femenina me llamó

- Perdone. ¿Nos conocemos?. Es que estoy segura de que le conozco, pero no consigo recordar de que.

Cuando me giré vi que era ella y contesté

- Me ha parecido lo mismo cuando nos hemos cruzado. ¿Estaba usted en la consulta del Dr. Manrique hace unas dos semanas?

Su expresión se tornó en un gesto desagradable, pero enseguida recobró la compostura.

- Es cierto, ahora lo recuerdo, nos vimos allí

Intercambiamos unas palabras de cortesía y cada uno seguimos nuestro camino.


Fui a comer a un restaurante en el mismo paseo y cuando llevaba unos minutos sentado la vi entrar sola.
Después de ver que la acomodaban en una pequeña mesa, como la mía. Deduje que no esperaba a nadie más. Me levanté y me acerqué a saludarla.
Aceptó comer conmigo. Pero, eso si, con la condición de que cada uno se pagase lo suyo. Obviamente acepté, no por ahorrar si no para comer acompañado.
Tenía el semblante triste, lo que le confería una belleza más misteriosa todavía.
Hablamos mucho durante la comida y al despedirnos habíamos quedado para cenar.


Ella estaba en un hotel próximo. Había venido unos días sola a la playa para liberar estrés. El trabajo, los hijos, etc.
Yo le conté una milonga parecida.


En la cena surgió la pregunta que ninguno de los dos nos atrevíamos a hacer. La hizo ella.

- ¿Qué tal con el Dr. Manrique?

Le contesté sin dudar

- Tengo un cáncer de pulmón sin posibilidad de cura.

Volví a ver su gesto contrariado

- Yo de mama y tampoco tiene cura
- ¿Cuánto te han dicho?
- Seis meses, ¿y a ti?
- Seis meses también
- Será cosa del destino

Sin saber por que, empecé a reír y ella me siguió.
Los pocos comensales que había en el restaurante nos miraban con curiosidad.

- ¿Qué vas a hacer? – me preguntó-
- No lo se todavía ¿y tu?
- Yo tampoco

Al terminar la cena, dimos un largo paseo por la playa. Ese día había luna llena y un halo de luz se reflejaba en el mar, como si hubiese cambiado su condición de satélite por la de astro.


Con un gesto natural, la cogí de la mano y seguimos paseando en silencio.
Al regresar hacia el hotel pasamos por la puerta de mi casa y la invité a subir.

- ¿Para que? - me preguntó-
- Para tomar una copa - le mentí-
- No es cierto, y si subo, sabes lo que va a ocurrir
- No ocurrirá nada que tu no desees

Y subió.
A los cinco minutos estábamos completamente entregados en una desenfrenada orgía de sexo en el que parecía el último acto de nuestras vidas
Estuvimos toda la noche haciendo el amor. Dormíamos un poco y cuando uno de los dos se despertaba, empezaba a excitar al otro.


No siento ninguna clase de remordimiento. No siento que haga daño a nadie. Por primera vez en mi vida me siento libre. Sin ninguna atadura hacia nada ni hacia nadie. No siento ni amor ni odio.
Solo siento cansancio, mucho cansancio.


Es difícil de explicar…. Cuando no se ha vivido.

Cuando desperté, ella se había ido.
Después de desayunar fui a buscarla al hotel y tampoco estaba. Me dijeron que había dejado la habitación temprano, había pagado la cuenta y se había marchado.


Dos meses más tarde.

Cada vez resultaba más difícil ocultar la verdad. Frecuentes “bronquitis” o “catarros” me tenían fuera de juego durante unos días hasta que mejoraba un poco y podía recuperar mi vida normal.

Ya había empezado con el tratamiento paliativo y eso todavía complicaba más las cosas, por que uno de los efectos secundarios era, que provocaba alucinaciones, y algunas noches, veía arañas gigantescas que me querían devorar noche tras noche. Gritaba y me despertaba envuelto en sudor frío. Pensaba que me estaba volviendo loco. A mi familia le decía que era consecuencia del estrés, que pronto cogería unas vacaciones y nos iríamos a alguna isla paradisíaca, pero veía sus caras de preocupación e incredulidad.


Fui a ver al Dr. Manrique para explicarle lo que me pasaba y allí estaba ella.
No parecía la misma persona, había adelgazado muchos kilos, que sumado a su tez blanquecina le conferían un aspecto espectral. Profundas ojeras surcaban sus ojos. No me conoció o no quiso conocerme, no lo se con seguridad.


El médico me ha bajado la dosis de morfina para evitar las alucinaciones, pero el dolor aparece mucho antes y llega a ser insoportable. Creo que yo mismo me la voy a ir aumentando. Tengo suficiente medicación.


Ya no puedo mantener más esta farsa. Mi aspecto físico ha empeorado, y mi familia ha decidido llevarme al médico aunque yo no quiera.
Al final resulta que les estoy preocupando de una forma parecida a la que dije que nunca les sometería.


Hace tres días que me marché. Estoy en un hotel en la costa. Donde quiero terminar mis días.

Cuando el dolor me deja, lloro al recordar a los míos. Pero no quiero que pasen por esto. No quiero que me vean así.
Se que me están buscando. No creo que me encuentren a tiempo. Tampoco lo deseo.


Han pasado diez días. Ya no salgo de la habitación del hotel.
Me dejan la comida en la puerta y la mayor parte, se queda en la bandeja. La medicación se está terminando, cada vez respiro peor y noto que mis pulmones emiten el gorgoteo que se produce cuando se están encharcando.


Probablemente no podré escribir mucho más, ya no me quedan fuerzas.

Voy a morir viendo el mar, que es lo que siempre quise.

Nada ha sido más importante que vosotros, para mi, en esta vida.

Perdonadme si podéis.

FIN

H. Chinaski

8 comentarios:

Stanley Kowalski dijo...

No sé si es porque te leo desde hace tan poco tiempo, pero quedé tan conmovido con tu relato, que llevo algunos minutos después de haberlo leído, fumando un cigarrillo, tratando de digerir esta historia tan bella como terrible. No es nada fácil comentar algo tan vívido (ya te dije que sos un gran hacedor de climas), tan real, donde lográs que uno se meta en el argumento, dejando de ser lector, para ser espectador.
Querido amigo, lo tuyo es un hecho aislado, enhorabuena que te encontré, para mi deleite.
Felicitaciones!!

Muchas gracias por haber pasado nuevamente por mi blog, está claro que sentimos lo mismo por esta gran mujer.

Un abrazo y un gran finde!

H. Chinaski dijo...

Querido amigo
Mil gracias por tus felicitaciones.
Lo importante es que te haya gustado.
Alguna vez he dicho que me gusta escribir, pero me cuesta mucho, por que nunca me parece que haya quedado bien lo escrito.
Es cierto que le doy tanta importancia al continente como al contenido. Para mi los personajes son tan importantes como su entorno.
Por eso, un comentario como el tuyo me hace feliz por que al menos a ti, te ha gustado y en consecuencia, el trabajo ha merecido la pena.

Un fuerte abrazo y buen fin de semana para ti también

Violeta dijo...

Estoy sin palabras..me cuesta dejar un comentario después de lo leido..!que se puede decir?. Al principio del relato, me sentí tan identificada con el mismo, que me dije yo también pasé por eso...después la historia cambio ya mno era solo un diagnóstico de cancer era una historia de amor, de complicidad y al final un nudo en la garganta es la que me quedó.. En fin ya te decia que no habia palabras por eso te dejo un poco de los sentimientos que me has depertado...un beso enorme navegante.

H. Chinaski dijo...

Violeta
Me has hecho feliz al leer tu comentario.
Primero por que hablas en pasado respecto a haberte sentido identificada y segundo por haber conseguido que te gustase.
A ver si con un poco de suerte consigo producirte el mismo efecto en los próximos

Muchas gracias y otro enorme beso para ti

Stanley Kowalski dijo...

Tenés mucha razón con respecto al lunes, además no reparamos que la semana comienza en domingo.
Muchas gracias por la visita, me alegro que sonrieras un poco.

UN ABRAZO Y BUENA SEMANA!

Mayte dijo...

La vida a veces tiene tantos matices...que van llenando los espacios...y los sentimientos se desbordan...como tus palabras.

Un bikiño siempre y bonita semana! :D

© Capri dijo...



dejame masticar todo lo que has escrito... me ha llegado demasiado y tu sabes porque

un beso muy grande, eres un cielo

Shinta dijo...

Cuando alguién pasa por momentos duros, muy duros, siempre despierta alguna pasión que te rompe los huesos y lo que es más no duele el remordimiento.

Que buenos los actos cometidos bajo ese techo,
sabiendo que te vas a morir
o que has muerto y que has vuelto,
carta blanca para cumplir los sueños.