miércoles, 2 de septiembre de 2009

"ANIMALES DE COMPAÑIA"

Lunes, 2 de septiembre

El sonido del teléfono rompió su concentración.
Estaba terminando de corregir su próximo libro y esperaba obtener el mismo éxito que con los anteriores.
Molesto por la interrupción, no respondió a la llamada y dejó que el contestador automático se activase para recibir el mensaje.
Una voz grave e impersonal le comunicaba que su familia había sufrido un accidente y se requería su presencia en el Hospital Universitario San Jaime.
Al principio, no comprendió el mensaje y se desplazó hasta la mesita donde estaba el teléfono con el contestador. Tuvo que volver a escucharlo para asimilar lo que le estaban diciendo.
Dejó el ordenador encendido, bajó las escaleras corriendo y salió disparado hacia su coche.
Los perros lo miraron inquietos, esperando alguna indicación, pero al ver que abandonaba la casa a toda velocidad volvieron a quedarse tranquilos.
Durante el trayecto llamó repetidas veces al teléfono móvil de su mujer, y todas acabó obteniendo la misma respuesta. La grabación del contestador: “Ha llamado al…..”.
Su Aston Martin volaba a 250 Km./h gracias al escaso tráfico. El coche había sido un capricho muy caro, consecuencia del éxito de ventas de su segundo libro. Siempre soñó con tener uno y jamás pensó que lo podría conseguir, pero tuvo la suerte de cara, por primera vez en su vida cuando, de manera fortuita, lo que hasta ese momento había sido una afición sin pretensiones, pasó a ser su medio de vida.
Siempre le gustó escribir, pero jamás pensó en publicar nada de lo que creaba, hasta que un amigo, entregó uno de sus trabajos a un conocido editor, sin decirle nada, y este vio posibilidades. El resto fue rodado. Entrevistas, firma de ejemplares, y al final…… el éxito al resultar ganador de un renombrado premio literario.
A sus cincuenta años, se pudo dedicar a lo que realmente le gustaba. Dejó su trabajo anterior y adquirió una antigua casa cerca del mar, rodeada de bosque en una zona bastante agreste a ochenta Km. de Barcelona. Un sitio ideal para escribir
Recordó que su mujer y sus dos hijos se habían desplazado a la ciudad para formalizar la matrícula de ambos en la universidad. Debía de haberlos acompañado, pero su editor le acuciaba con la entrega del siguiente libro y les pidió que fuesen solos.
Un creciente sentimiento de culpabilidad se adueñó de él y, aún sin saber lo que había ocurrido, no dejaba de pensar que pudo haberlo evitado, si hubiese ido.



- No me siento segura viviendo aquí, tan alejados de la civilización
- Pero ¿a que tienes miedo? –le preguntó él-
- A muchas cosas. Sabes que soy una urbanita. Veo más inconvenientes que ventajas para vivir en medio de la nada, alejados de la civilización, además puede aparecer algún animal del bosque, o cualquier desaprensivo, que ya sabes como están las cosas ahora. Todos los días se ven en las noticias los robos que se producen en urbanizaciones o chalets mientras sus ocupantes duermen. Además están los niños.
- Pero Laura, niños niños ….. ya no son, María tiene 20 años y Pablo 18. De todas las formas, no te preocupes, yo me encargo de la seguridad.
- Si estas pensando en traer un arma, olvídalo. Sabes que no las soporto.
- No pienso en un arma. Tú déjame a mí.

Treinta minutos después de la llamada telefónica, aparcó junto a la puerta de urgencias y entró como una exhalación hasta el control.

- Soy Alejandro Nadal, he recibido una llamada avisándome de que mi familia ha sufrido un accidente y la están atendiendo en este hospital

Al identificarse, vio un gesto grave en la auxiliar del control, que le asustó, pero rápidamente recobró su profesional sonrisa y, amablemente, le indicó que esperase un momento mientras iba a buscar al doctor que había atendido a su familia.

Miércoles, 4 de septiembre

El funeral se celebró dos días después.
Fue un acto íntimo.
Él estaba completamente ausente de la realidad, desde que le comunicaron la noticia en el hospital. Le parecía tan inverosímil que su mente no asimiló los hechos.
Un lamentable accidente, fue la calificación que dieron. Lamentable, desde luego, lo fue. Pero que fuese un accidente no estaba tan claro.

Jueves, 5 de septiembre

El hijo menor conducía el todo terreno. ¿Exceso de velocidad, despiste, las dos cosas? Alguna de esas causas provocó el derrapaje y la salida del vehiculo fuera de la carretera. La fatalidad quiso que golpeasen contra un árbol lateralmente, cayendo boca abajo a un río que era lo suficientemente profundo como para cubrir el coche.
Murieron los tres ocupantes.
Las autopsias revelaron que los dos jóvenes intentaron salir del vehículo pero al no conseguirlo murieron ahogados. Probablemente se bloquearon las puertas como consecuencia del golpe.
La madre, que presentaba un fuerte golpe en la cabeza, falleció en el acto, ya que sus pulmones no presentaban los signos de encharcamiento típicos en los ahogados.
Fue la versión oficial del accidente.
Alejandro no creyó en ningún momento en esa reconstrucción de los hechos. Desde que tuvo 10 años, Pablo manifestó su interés por los coches, y él le enseñó todo lo que sabía sobre conducción deportiva, a lo largo de los años. Conocía perfectamente la técnica del derrapaje y habían experimentado hasta la saciedad, la utilización del freno de mano o el contravolanteo para salir de una situación apurada por exceso de velocidad en una curva.
Había además otro detalle. Pablo era muy prudente al volante.
Aprendió a respetar las normas de circulación. Entendió que saber conducir rápido y salir de situaciones difíciles no convertían las calles en circuitos.

Martes, 10 de septiembre

Dedicaba todo su tiempo a averiguar lo ocurrido. Utilizó los contactos que su editor tenía en la Guardia Civil para obtener una copia de la investigación del accidente. A pesar de haber invertido mucho dinero, no pudo llegar a ninguna otra conclusión y tuvo que aceptar la versión oficial de los hechos, aunque no quería creerla
A partir de entonces toda su vida cambió. Se trasladó a vivir definitivamente a la casa de la costa.
El ático de Barcelona estaba lleno de recuerdos y era incapaz de permanecer allí. Lo vendió y se retiró del mundo.

Lunes, 30 de septiembre

Era el día de su cumpleaños
Como cada noche desde el accidente, apenas había dormido. Los somníferos le sumían en un estado de sopor, pero su mente le negaba un descanso que cada vez le era más necesario. Al levantarse, se dirigió al baño, vió en el espejo un rostro completamente demacrado, con barba descuidada de varios días y le costó reconocerse. El recuerdo volvió a golpearle como una maza y empezó a llorar una vez más.
Aquél día tenía que haber sido especial, no tanto por la celebración en si, sino por lo que representaban a nivel familiar estos acontecimientos. Eran felices, sus hijos eran normales, que ya era mucho decir después de ver a los de sus amigos y conocidos. Y su matrimonio funcionaba razonablemente bien, acomodados a esa rutina que van dando los años de relación, viviendo y dejando vivir.
Aprovechaban estos acontecimientos para reunirse y tratar de mantener los lazos familiares, algo que cada año se complicaba más a medida que María y Pablo fueron creciendo y reclamaban su propia autonomía.
Recorrió las habitaciones del que era su hogar como un autómata. Abrió los armarios una vez más, se embriagó con los aromas que identificaban a la ropa de cada uno.
Alejandro estaba en esa fase de la depresión en la que se retroalimenta y necesita volver a recordar los momentos que provocaron su existencia.
Por un momento creyó verlos. A María hablando por el móvil tumbada en su cama, a Pablo sentado delante de su ordenador y a Laura, su mujer, en la cocina, preparando la comida de la onomástica.

Un ladrido le sacó de su ensoñación.
Salió a dar de comer a los perros, y estos, con ganas de jugar, le devolvieron por un momento al mundo real, ajenos a la tragedia de su dueño.
Se sentó en el porche con una humeante taza de café en la mano y esperó a que se hiciese la hora de la llegada del servicio.

La casa fue construida en 1930 por un acaudalado industrial textil de Barcelona. Tenía un aspecto un poco siniestro. Ubicada en una parcela de cinco mil metros cuadrados, en la ladera de un monte, rodeada de pinos y con unas espectaculares vistas al Mediterráneo.
Disponía de dos plantas y un torreón circular terminado con forma cónica, que a modo de faro, daba un aspecto peculiar al edificio.
No tuvo que hacer apenas reformas, ya que los herederos la habían cuidado, hasta que se vieron obligados a venderla debido al coste de su mantenimiento.
Luis había transformado la planta alta de la torre en un estudio, su centro de trabajo. Mandó construir una librería de forma circular, siguiendo el contorno de la torre, donde almacenó todos los libros que había ido adquiriendo a lo largo de su vida. Se accedía a ellos desde la propia escalera que llevaba a la planta alta. En el centro de la habitación situó su escritorio, orientado hacia el mar que, en muchas ocasiones, era su fuente de inspiración. Grandes cristaleras, le permitían tener una visión privilegiada del entorno. Un sofá, una pequeña mesa y un mueble con el equipo de música completaban la parca decoración de la habitación. Ni necesitaba, ni quería nada más.
Le gustaban los perros. Había tenido desde pequeño y a medida que por edad o por accidente, estos iban desapareciendo de su vida, se las ingeniaba para conseguir otros. Le gustaba especialmente el doberman, era un buen perro guardián, por eso cuando su mujer mostró sus reticencias ante la falta de seguridad de la casa, primero instaló una alarma y segundo, pensó adquirir uno.
Hizo algunas llamadas y un amigo le proporcionó dos de la misma camada. Un macho y una hembra. Los crió como si fuesen bebés. Los habían separado de la madre en el periodo de lactancia, así que tuvo que pasar una temporada dándoles el biberón cuando les tocaban las “tomas”.
Cuando pasó un tiempo, los llevó a entrenar, y a su regreso eran unos perfectos cancerberos para la casa. Para evitar disgustos innecesarios puso el preceptivo cartel de “Cuidado con los perros”, a la entrada de la propiedad. Obedecían ciegamente sus órdenes, aunque Laika, la hembra, se mostraba muy celosa y con una mirada nada tranquilizadora, cuando su hermano, Bull, jugaba con Alejandro.

Martes, 30 de septiembre, un año más tarde


La primera vez, fue un accidente.

Después de un año de aislamiento, se había convertido en otra persona.
Los primeros doce meses fueron una batalla diaria para no suicidarse. Los recuerdos y el remordimiento lo obsesionaron día y noche. Las pesadillas eran constantes. Veía a sus hijos dentro del coche, completamente inundado, golpeando las puertas para salir a la superficie. Veía a su mujer inerte. Veía sus caras de agonía cuando, intentando respirar, abrían la boca buscando aire con desesperación encontrando solo el agua que iba a provocar sus muertes.

En algún momento, algo en su cerebro se rompió. No fue solo la angustia constante de haberlos perdido. También influyó su aislamiento voluntario que, poco a poco, le llevó a perder la percepción de la realidad.
Desde hacía unos meses tenía sueños eróticos. Al principio, la protagonista era su mujer, pero después, era un cuerpo sin rostro definido el que compartía sus caricias con él. Los sueños se repetían noche tras noche y al despertarse estaba cansado, empapado en sudor y totalmente excitado.
Pensó que, probablemente, el tiempo transcurrido sin haber mantenido relaciones con ninguna mujer, eran la causa que provocaba esos sueños.
Al fin y al cabo, ya habían pasado ¿suficientes? meses, había conseguido volver a escribir, el dolor se iba atenuando y aunque los recuerdos permanecían como el primer día, él tenía que seguir viviendo.
¿Por qué no comprobar si era capaz de hacer el amor con una mujer, después de lo ocurrido?
Después de todo era su cumpleaños

17 horas, miércoles, 30 de septiembre, dos años más tarde

Decidió recurrir, otra vez, a un servicio de chicas de compañía de alto standing. Después de tanto tiempo, era absurdo pensar que alguna de las “amigas” que tuvo, le recordase y mucho menos que le apeteciese estar con él.
Buscó páginas de contactos en Internet. Encontró una que mostraba a una atractiva candidata, la eligió y llamó por teléfono para concertar la cita.
Acordó el precio de sus servicios y le indicó la dirección de la casa y la forma de llegar.
Habló con la cocinera para que preparase cena para dos personas antes de marcharse. Le propuso el menú. Una Sinfonía de ensaladas con rulo de cabra tibio, reducción de miel y Acetto Balsámico, crujientes de bacon y piñones ligeramente tostados, como entrante. Solomillo de buey de Kobe sobre cama de mango caramelizado y láminas de foie de oca fresco con salsa de trufa negra Tuber Melanosporum como plato principal. Y de postre tulipa de teja de almendra con chocolate caliente sobre reducción de zumo de naranja cristalizado.
Lo acompañarían con un Milliari Chardonay fermentado en barrica y un Fagus de Garnacha centenaria. El postre seria regado con un Torelló Brut Nature.
Sabía que tendría que terminar la cena él mismo, en el último momento, pero no le importó. Prefería estar a solas y le gustaba cocinar.

20,30 horas, miércoles, 30 de septiembre


Até a los perros.
Puntual, se presentó a la hora convenida. Del deportivo amarillo, bajó una mujer de unos 30 años, que emanaba clase solo con mirarla. Discretamente elegante. Calculé 1,70 de estatura, con formas, pechos generosos, caderas y glúteos proporcionados, de pelo negro azabache, con unos preciosos ojos azules, labios naturales, carnosos y pintados con carmín rojo, tez blanca y poco maquillada.
Pasaría cualquier examen masculino con buena nota.
No había nada que delatase su profesión.
Dijo llamarse Marian. Supuse que era su nombre de batalla, pero no me importó. La invité a entrar y le ofrecí un Martini. Aceptó.
Una parte de Martini bianco seco y tres de ginebra Tankerai acompañado de una aceituna y un cubito de hielo. Era como a mi me gustaba.

Al poco tiempo de estar juntos, notó que le gustaba esa mujer. Se olvidó del motivo por el que había ido. Empezó a sentir las sensaciones agradables que transmite una compañía femenina cuando estás a gusto con ella y que él tenía olvidadas.
Ultimó la cena con su ayuda y ella hizo aprecio tanto de los platos, alabando su ejecución, como de los caldos.
Del equipo de música se escuchaban melodías de Supertramp.
Después del postre, le propuso terminar la botella de Torelló en el jardín.
Se sentaron en un columpio mecedora teniendo frente a ellos el Mediterráneo. Iban hablando de cosas intrascendentes mientras que la mezcla del cava con los vinos empezaban a producir su efecto.
Por tercera vez, desde hacía dos años, olvidó momentáneamente su desgracia. Dejó de sentirse ese ser desgraciado con el que se había cebado la mala suerte, incluso se rió abiertamente en alguna ocasión.
Solo se escuchaban los insectos, además de sus voces. El cielo estaba repleto de estrellas y la luna llena reflejaba un halo de luz en el mar. El momento invitaba a dejarse llevar.
Los perros, sin embargo, parecían inquietos, por alguna razón que solo ellos conocían.
Acarició su cara y la besó en los labios con dulzura. Ella respondió al beso sin apasionamiento, dejando que fuese él quien llevase la iniciativa.
Le había contado lo ocurrido y ella sabía que tenía que ser exquisitamente cuidadosa para que aquél encuentro no terminase mal.
La tomó entre sus brazos y, esta vez su contención anterior desapareció. La volvió a besar con desesperación, mientras sus manos le acariciaban todo el cuerpo por encima del vestido.
Dos años de sufrimiento y desequilibrios quisieron salir en un momento en forma de urgencia sexual.
La cogió de la mano y casi la arrastró hasta el dormitorio.
Cuando llegó allí, recordó que no había sacado a los perros. Era una medida de precaución que adoptaba cada noche y, especialmente esa, no quería tener sorpresas.

Bajó las escaleras, salió al jardín, se acercó a las casetas de Laika y Bull, les soltó sus correas y los dejó sueltos.
Después regresó al dormitorio. Marian se había quedado solo con la ropa interior y lo esperaba sentada en la cama.
Llevaba lencería negra por dos razones. Sabía que gustaba a los hombres y, sabía que esa lencería, producía un efecto demoledor en contraste con la blancura casi nívea de su piel.
Alejandro no se anduvo con muchos preámbulos. Se abalanzó sobre ella y liberó a todos sus fantasmas a la vez. Fue un acto animal. No hubo ternura, ni cariño, solo pasión descontrolada.
Y después llegó la calma
Cuando terminó, se sumió en un profundo silencio, cerró los ojos y pareció quedarse dormido.
Ella, unos minutos antes, había estado a punto de salir corriendo viendo que la violencia con que se desarrollaba todo, iba en aumento. No parecía la misma persona con la que había pasado toda la velada.
Al mirarlo, desnudo, tendido en la cama, aparentemente indefenso, decidió esperar.
Conocía el riesgo que corría con estos encuentros, pero los ingresos que obtenía le compensaban con creces.

1,30 horas, jueves, 1 de octubre

Abrió los ojos al oír los ladridos. No era normal. Marian se asustó. Él se levantó y se acercó hasta la ventana del dormitorio, desde donde se divisaba todo el jardín. Vio a los dos perros junto al muro que delimitaba la propiedad, mordiendo lo que parecía un animal del tamaño de un conejo. Lo habían partido en dos y cada uno de ellos se recreaba triturando los restos del trofeo.
No le dio más importancia y volvió a la cama. Era frecuente que animales del entorno entrasen en el jardín. El final era siempre el mismo.


Alejandro se disculpó con Marian por su comportamiento anterior. Nunca le había ocurrido algo parecido, le dijo. Han sido unos meses muy difíciles.
Ella sonrió comprensiva, aceptó sus disculpas y le dio un cálido beso.
El beso fue el comienzo de una nueva sesión amorosa, en la que él quiso compensar a Marian del episodio anterior. Olvidó quien era ella y puso todo su saber sobre el arte de amar, en hacerla sentir mujer.
Aparentemente lo consiguió. O al menos fue lo que ella le dijo.
Al finalizar, Alejandro tenía evidentes signos de cansancio y Marian, solícita, le propuso preparar un tente en pie para recuperar fuerzas. Él aceptó encantado y dejó que bajase a la cocina.

La luna llena dejaba entrar suficiente luz por las ventanas, así que no se molestó en encender la luz artificial. Abrió la nevera y empezó a preparar algo ligero para comer.
La cocina tenía una puerta que comunicaba con el exterior de la casa.
Normalmente era utilizada por el servicio y casi nunca estaba cerrada.
Alejandro no le dijo que los perros, a veces, entraban a la casa por esa puerta.

Marian no tuvo tiempo de ver nada. Fue todo muy rápido.
La estaban esperando. En la penumbra, su pelaje negro facilitó el no ser descubiertos. Laika saltó directamente al cuello de su presa con las mandíbulas abiertas. La habían entrenado para eso. Todavía tenía restos de sangre, del animal anterior, en su hocico. Le partió la tráquea al morder con fuerza y sus colmillos se clavaron brotando un reguero de sangre.
Simultáneamente Bull saltó hacia el brazo con el que Marian intentó zafarse de la perra, clavándole, también, los dientes de su poderosa mandíbula.
Ninguno de los dos ladró. Solo se oyeron unos ligeros gruñidos y a continuación, la caída de Marian al suelo, impulsada por el salto de los dos perros.

La sangre los excitaba y ya estaban excitados por el aperitivo anterior. Sus mandíbulas no cedían en su presión. Era una de las características de los perros de presa. Cuando muerden no sueltan. Se informó bien antes de decidir el tipo de perro que llevaría a la casa.

Apenas sentirá dolor. A los pocos segundos habrá muerto asfixiada y no será consciente de la carnicería posterior.

Alejandro escuchó el golpe de la caída y se puso en tensión. Sabía lo que venía a continuación y no se quería perder el espectáculo. Era la tercera vez.
Sintió una mezcla de morbo y placer sexual a la vez. Comprendía a la perfección los sentimientos que describía el Marqués de Sade cuando, en sus libros, detallaba las fiestas de sus protagonistas, que siempre acababan en orgías sangrientas.

La primera vez que ocurrió también fue un lamentable accidente, como el de su familia.
Cuando la chica bajó a la cocina, los perros estaban dentro e interpretaron que la extraña era persona non grata.
El resto… es fácil de imaginar.

A una orden suya, los perros dejaron de destrozar el cadáver de la que, unos minutos antes, había sido su amante.

Ahora le quedaba mucho trabajo por hacer antes de que amaneciese. Tenía que borrar cualquier huella de lo que allí había ocurrido.
Lo que le costó más esfuerzo fue volver a vestirla. Los animales se habían ensañado y eso dificultaba la operación.
Metió el cadáver en el maletero del coche de Marian. Limpió con extremo cuidado toda la cocina. Lavó a los perros para eliminar los restos de sangre y cuando, después de una inspección minuciosa dio el visto bueno a la casa, metió también una bicicleta en el coche y arrancó.
Se desplazó 30 Km., hasta una zona donde la carretera bordeaba el mar, sin defensas y a una altura considerable. Cualquier despiste al volante podía ser fatal.
Sacó el cadáver del maletero, le quitó la bolsa de plástico en que lo había envuelto y lo situó en el asiento del conductor. Esta vez iba a ser sencillo, el coche era automático. Solo tendría que apoyar el pie de la víctima en el acelerador y soltar el freno de mano en el último momento. Se aseguró de que no viniese ningún vehículo. Aceleró con la velocidad puesta y soltó el freno.
El salto era de unos 50 metros y la profundidad en aquella zona era más que suficiente como para que no se viese el coche.
Contempló su caída, esperó hasta su total inmersión. Encendió un cigarrillo, miró hacia el cielo estrellado y lo lanzó al mar siguiendo su estela con la mirada.
A continuación, se subió en la bicicleta y emprendió el camino de regreso monte a través.

10,30 horas, jueves, 1 de octubre

A la mañana siguiente se despertó tarde. Relajado y tranquilo.
Esperaba lo que podía ocurrir en los próximos días. Era probable que alguien denunciase la desaparición de Marian. Era probable que la policía investigase su última cita, si es que había dejado constancia de ella. ¿Qué podían suponer? ¿Un despiste al volante? ¿Exceso de velocidad? ¿Suicidio, alcohol, drogas, un ajuste de cuentas?, había muchas posibilidades. A fin de cuentas era una prostituta, aunque fuese de lujo. No le preocupaba en exceso, en pocos días los depredadores marinos harían su trabajo y aunque encontrasen el coche y el cadáver, su estado sería consecuencia de la acción de los peces.
En el fondo deseaba que lo cogiesen.

La doncella no ha llegado todavía, tendré que llamarle la atención.

Dio de comer a los perros, se sirvió una taza de humeante café y se sentó en el porche a contemplar el mar. Tenía una nueva idea para su próximo libro.

Fin


Escrito en recuerdo de dos doberman que tuve el placer de criar, con los que conviví durante cuatro años y que me brindaron muchas, muchas satisfacciones y algún que otro susto.

H. Chinaski


Un libro

Edgar Allan Poe, “Relatos”




Resulta sorprendente la admiración que Baudelaire sintió por Poe, con el que se sintió completamente identificado.
Dos almas atormentadas, casi coetáneos, que por suerte, sintieron la irrefrenable necesidad de luchar contra sus fantasmas utilizando la pluma como espada y el papel como escudo.




Abrí entonces el postigo y con un tumultuoso aleteo, entró un majestuoso cuervo digno de los tiempos antiguos. No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto; pero con el aire de un señor o de una dama, perchóse encima de la puerta de mi habitación; perchóse sobre un busto de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación; perchóse, se instaló y nada más.

Entonces, aquella ave de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad de su fisonomía, inducía a mi triste imaginación en la sonrisa:
“! Aunque tu cabeza – le dije – no lleve capote ni cimera, ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo, viajero partido de las riberas de la noche¡”. “¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la Noche plutónica!”…… El cuervo dijo “¡Nunca-más!”

Me maravilló que aquél desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la palabra……………

Fragmento de “El Cuervo” de Edgar Allan Poe

H. Chinaski

7 comentarios:

Mayte dijo...

Esto es de lo mejor que te he leído -en mi opinión- me ha gustado realmente y me he quedado atrapada leyéndolo.

Un bikiño y bonito martes. ;)

© Capri dijo...



Genial entrada, llegas con fuerza

gracias por regalarnos de nuevo un post asi

besos

Capri

Stanley Kowalski dijo...

Hay que amar mucho a los animales, para poder escribir tan excelente relato. Muy, pero muy bueno.

Mil gracias por el comentario, sos muy amable.

UN ABRAZO.

Violeta dijo...

gracias por asomarte a mi ventana, ha sido un placer descubrirte...un fuerte abrazo navegante!

Stanley Kowalski dijo...

Muchísimas gracias por la visita, siempre tan generoso.

UN ABRAZO Y BUENA NOCHE DE DOMINGO!

Shinta dijo...

Exquisito relato, en su punto. La intriga parece iniciarse el 5 de septiembre y queda ahí como un fantasma, nunca sabremos cómo murió realmente la familia?, hasta que la oscuridad comienza en el primer aniversario enlazando con… “la primera vez fue un accidente”.

Gustar mucho de estas historias de sangre y sexo, no dice nada bueno de nuestros instintos pero en cierta manera todos llevamos un doberman dentro. Sólo, que nosotros sabemos contenernos. Algunos, al menos (o eso creemos!)
Un estilo muy laberíntico, un paseo por el drama y el placer a la vez, pequeñas estancias condimentadas con ese menú y esos vinos tan sugerentes que por un momento te hacen querer ser puta, no imaginando nada hasta justo el aliento anterior a la frase que precede a la tragedia.

Alimentar a la bestia y alimentar a las bestias…..

Silencios dijo...

¡¡¡ IMPRESIONANTE !!!

Me has dejado sin palabras. uffff

Besos ....