miércoles, 8 de septiembre de 2010

MARIPOSAS NEGRAS ( I V )



        Al abrir los ojos,  sentí un fuerte dolor de cabeza. Respiraba con dificultad por la cinta adhesiva que me tapaba la boca. El pánico me invadió al comprobar que estaba en el maletero de un coche. No podía moverme. Estaba con las manos atadas y cada intento de cambiar mi postura, suponía un pinchazo de dolor en mi cabeza. Lo último que recordaba era que después de la llamada a Eugenia escuché unos pasos detrás de mí y al girarme recibí un fuerte golpe en la cabeza. No pude ver a mi agresor.
         No comprendía por que me habían golpeado y secuestrado. Lo único que se me ocurría es que tuviese relación con Javier y su misteriosa llegada. Pero yo no tenía nada que ver con eso.   
         Intenté controlar el ataque de pánico que se adueñaba de mi. No había por que tener miedo. Yo no tenía nada que ver con lo que hubiese hecho Javier. Apenas tenía relación con él. Se lo explicaría a mis captores y lo comprenderían. Seguro que si. 
 
      
   Al momento de hacer esa reflexión, me di cuenta de que nada tenía sentido, por mucho que intentase explicarlo, no me iban a creer. Intenté concentrarme en los ruidos que iba escuchando. Solo se oía el motor del coche. Supuse que viajábamos por una autopista ya que la velocidad era constante y no había curvas.
         Tuve un mal presentimiento. Intuía que aquello no iba a terminar bien. Sin saber por qué, empecé a pensar en Flor. Sabía que era la mujer de mi vida. Esa a la que siempre buscas. Cuando la encuentras, sabes que es ella. Y al hacerlo, te juras por lo mas sagrado que harás lo imposible para pasar el resto de tu vida a su lado. La amaba con todo mi corazón y sabía que ella a mi también. Ahora me arrepentía de la discusión que tuvimos antes de marcharse del pueblo. Como siempre, por una tontería, pero los momentos de felicidad que habíamos pasado minutos antes se enturbiaron y se marchó enfadada.
         Al cabo de un tiempo debimos de entrar en una población. Se escuchaban otros coches. Arrancábamos y parábamos en lo que supuse, serían semáforos. Unos minutos después el coche se detuvo y se apagó el motor. Se abrió una puerta y oí que unos pasos se acercaban al portamaletas.
         El sonido del pestillo de la cerradura precedió a una luz intensa que me deslumbró momentáneamente.
         Reconocí a Marconi, que me ayudó a salir del habitáculo y me habló

-         Si eres inteligente y aprecias tu vida estarás calladito. Te voy a quitar la mordaza y te voy a cambiar la cinta adhesiva por las esposas. No hagas tonterías. ¿Me has entendido?

Asentí con la cabeza y un nuevo pinchazo me recordó que no debía hacer movimientos  bruscos.
Me quitó la cinta de la cara de un tirón y por fin pude respirar con normalidad. A continuación me quitó la de las manos con una navaja y me puso las esposas.
Estábamos en un garaje, en el que la mayoría de los vehículos eran coches patrulla de la policía.

-         ¿A dónde me lleva?, yo no he hecho nada.
-         ¡Te he dicho que no hables!

Marconi, acompañó sus gritos con un golpe en la cabeza que me dejó sin respiración del dolor. A partir de entonces no dije nada.
Cogimos un ascensor y me llevó a una sala en la que varios funcionarios de uniforme parecían enfrascados en una animada conversación. Callaron y se empezaron a mover al ver aparecer al subjefe y a mi, esposado.

-         Tomadle la filiación y llevadlo al calabozo. Está detenido por encubrimiento. Mantenedlo aislado. Mañana lo llevaremos ante el juez. 


Uno de los funcionarios se fijó en la sangre reseca que se veía en su cabeza y Marconi se dio cuenta

-¡Ah!, se me olvidaba, al proceder a la detención se ha dado un golpe en la cabeza. No parece nada serio, pero que lo vea un médico.

Cuando fui a protestar, una mirada suya me fulminó y permanecí callado.
Mientras me tomaban los datos, vi a Marconi que se metió en un despacho y se puso a hablar por teléfono
El médico no apreció nada importante salvo la contusión con una pequeña herida abierta que ya no sangraba.


Fernando Galindo se encontraba en su domicilio cuando recibió la llamada de Marconi. Habló unos segundos con él  y colgó.
Su mujer estaba acostumbrada a las llamadas del trabajo y sus consecuencias.

-         Tengo trabajo – le comunicó- no se cuando volveré.
-         Ten cuidado –respondió ella, con una mirada de resignación-
-         Siempre lo tengo. Ciao

Mientras bajaba al garaje a  coger el coche, pensé en la breve conversión con Marconi. Tener detenido a Carlos Carvajal, daba un giro inesperado a la situación. Probablemente no sabría gran cosa, pero quería interrogarle personalmente. Además tenía el valor añadido de ser el novio de Flor Trujillo, eso me daba una posibilidad de verla de nuevo.
Desde que la conocí, después de una representación  de Madame Butterfly, en la que la magistral interpretación del sufrimiento de  Cio-Cio-San, me hizo derramar más de una lágrima, me propuse conocer y conquistar a esa mujer. De belleza serena y porte de diosa, me provocaba un fortísimo atractivo sexual, casi animal. Me prometí a mi mismo que sería mía, y ahora el destino me brindaba una posibilidad.

El escaso tráfico me permitió llegar en 15 minutos a la comisaría. Llegué hasta mi despacho donde me esperaba Marconi.

-         Cuéntame como ha ocurrido

Mi hombre de confianza me relató lo acontecido hasta ese momento y vi una clara posibilidad de poder localizar a Carlos Carvajal.

-Voy a interrogarlo



El cuarto de interrogatorios no tenía nada que ver con los que se podían ver en los telefilmes. No había espejos con visión desde el otro lado, ni cámaras. Solo una mesa y dos sillas en las que se sentaban el interrogador y el interrogado.
Me hubiese gustado poder aplicar las técnicas aprendidas en Iraq, pero no podía arriesgarme a un escándalo. Tendría que conformarme con las preguntas tradicionales. En cualquier caso, no estaba dispuesto a que un mamón como ese se riera de mi. Si sabía algo, se lo sacaría.

Uno de los funcionarios que estaban de guardia, llevó a Carlos a la sala de interrogatorios. Y unos minutos mas tarde, vio entrar a Galindo y a Marconi a dicha sala.
Durante dos horas, escuchó los gritos del detenido y después silencio. La puerta de la sala se abrió de golpe y Marconi le llamó.

-         El detenido se ha desmayado, bájelo a la celda hasta que recupere el conocimiento.

Lo dejaron en el camastro de la celda y seguía inconsciente.
Minutos mas tarde, el funcionario que lo llevó, fue a verlo de nuevo. No le gustó su aspecto. Respiraba con dificultad y tenía un color extraño. Avisó a su superior.



La ambulancia llegó en pocos minutos, lo trasladaron al hospital Virgen de los Desdichados y cuando llegó ya estaba en coma. Quedó ingresado en la unidad de cuidados intensivos.

La preocupación de Flor ante la ausencia de noticias de Carlos fue en aumento. Le había llamado muchas veces para disculparse por su enfado, pero no contestaba al teléfono.
Llamó a  Eugenia, a pesar de que no le hacía ninguna gracia, y sus noticias le preocuparon todavía más.
Carlos había desaparecido.
Eugenia también estaba preocupada. Carlos tenía que haber ido a su casa a discutir detalles de la ejecución de la obra. Llamó al sacristán para preguntar por él y este le dijo que cuando fue a cerrar la iglesia estaba vacía y todas las pinturas del artista estaban sin recoger, algo totalmente inusual. El sacristán le contó la conversación con el forastero que preguntó por Javier y que había visto a Carlos hablando con él. Flor le preguntó su nombre y al decírselo creyó recordarlo. Era poco común y le sonaba mucho.
Minutos después de colgar el teléfono se acordó. Lo vio en televisión. Fabio Marconi dio una rueda de prensa para explicar la captura de una peligrosa banda de delincuentes. Era policía. Y ella conocía al jefe de policía.

Sin pensarlo salió hacia la comisaría central.

Continuará

domingo, 5 de septiembre de 2010

MARIPOSAS NEGRAS ( III )


Nota .-
            El relato constará de cinco capítulos y un epílogo. Dada su extensión, he considerado oportuno cerrar la posibilidad de los comentarios hasta la última entrega, donde quien haya podido o querido averiguar el título del texto original en que me he basado, podrá decirlo si lo considera oportuno. Habrá una fecha límite para poder hacerlo. Al estar los comentarios moderados, nadie podrá aprovechar el buen hacer de otros, ya que se publicarán todos a la vez. De esta forma se sabrá quien o quienes son los ganadores del premio.

           Esto solo pretende ser una experiencia divertida. Tomadlo como tal
           Gracias

            Tercera parte.-


Los años de experiencia como policía me enseñaron a desconfiar de lo que me contaban. Las preguntas que le hice a Eugenia Ángel fueron sencillas y sin doble sentido. Sus respuestas no me convencieron a pesar del aplomo con que la marquesa respondió. Había algo en ella que delataba un  interés en proteger a su hermano.
Salí de la mansión y me dirigí al centro del pueblo. Busqué la plaza y me dirigí a un bar que parecía relativamente nuevo.
Había poca gente. Unos jubilados jugaban una partida de dominó en una mesa y dos lugareños tomaban una cerveza en la barra.
Detrás de la barra había una mujer de unos cuarenta años que atendía las peticiones de los clientes. Era bien parecida. Su rostro delataba  años de trabajo que se acumulaban en incipientes arrugas. Su gesto era adusto. No invitaba a entablar conversación.
 Exhibí una sonrisa y me dirigí a ella

-         Buenos días. ¿Me pone un café con hielo? Por favor
-         Buenos días. Enseguida señor

La observé mientras manipulaba la cafetera y decidí que merecía la pena intentar follar con ella. Tenía un pecho generoso resaltado por un ajustado top   y un cuerpo muy apetecible
Cuando se acercó nuevamente a mi posición, le hice una pregunta

-         Disculpe señora, busco la casa de los marqueses – mentí- Soy amigo del hermano de la marquesa y me dijo que iba a  estar aquí, pero no me dijo como llegar. ¿Podría indicarme como llegar?

La mujer, poco acostumbrada a que le tratasen con tanta cortesía, cambió la dura expresión de su cara y sonriendo le indicó el camino

-         Muchas gracias por la información, señora………….
-         Luisa, me llamo Luisa
-         ¡Oh! Que nombre tan bonito. Yo soy Fabio, Fabio Marconi
-         ¿Es usted italiano?
-         No, no. Mi padre lo era, pero yo nací en España. Disculpe Luisa. ¿Por casualidad  no habrá estado el su local  Javier, el hermano de la marquesa?
-         Pues no. El pueblo es pequeño y no ha venido ningún forastero por aquí en los últimos días. Excepto usted, claro. Pero espere un momento

Se dirigió hacia los dos hombres que estaban en la barra y les habló. Uno de ellos, que no me había quitado ojo de encima, se acercó hacia mi.



-         Si pregunta usted por Javier Ángel, ha estado hace unas dos horas en la Iglesia. Es amigo de Carlos Carvajal, el pintor, está restaurando una de las cúpulas. Los vi hablando un rato, y después se marchó.
-         Muchas gracias – respondí – Y usted es………
-         Soy Felipe, el sacristán.
-         Encantado Felipe, yo soy Fabio – le dije mientras estrechaba su blanda mano. Fue un acto cortés pero repulsivo para mi. No me gustaban las personas que al dar la mano, parecía que se escurría de la tuya. No eran de fiar –

Salí del bar, no sin antes, haber quedado en volver, para “despedirme” de Luisa.
Me dirigí hacia la Iglesia caminando, hacía un calor insoportable,  y aunque el trayecto era corto llegué completamente empapado. Se agradecía la frescura que se notaba al entrar en el templo. Estaba casi en penumbra excepto una zona en la que se veía un andamio montado y que disponía de iluminación artificial.
Me acerqué caminando despacio y vi a un hombre, vestido con mono de trabajo, manipulando latas de pintura.
Supuse que sería el pintor amigo de Javier



-         Disculpe. ¿Es usted Carlos Carvajal?
-         Si, soy yo
-         Verá, soy Fabio Marconi, estoy buscando a Javier Ángel y me han dicho que ha estado por aquí hablando con usted

El hombre me miró con cara de pocos amigos y a continuación me dijo

-         Pues alguien se ha equivocado. Conozco a Javier, pero no ha estado por aquí. De hecho hace meses que no le veo.
-         Ya ……  ¿Esta usted seguro de que no lo ha visto? Es muy importante que hable con él.
-         Le repito que hace meses que no le veo.
-         Bien….. Si por casualidad le ve, ¿podría decirle que le estoy buscando?, como ya le he dicho, es importante. Le dejo mi tarjeta.
-         Si lo veo, se lo diré.  No quiero ser descortés, pero tengo trabajo.
-         Claro, claro, disculpe las molestias. Buenas tardes
-         Adiós.

Di la vuelta y me dirigí hacia la puerta. La zona estaba oscura, asi que no me costó esfuerzo abrirla y quedarme dentro en lugar de salir hacia la calle. Me escondí tras una inmensa columna y esperé.
Tenía una sospecha que quería confirmar
Pude ver como Carvajal sacaba un teléfono móvil del bolsillo de su mono y marcaba un número. La total ausencia de ruidos me permitió escuchar la conversación con nitidez.

-         ¿Eugenia?, soy Carlos. Acaba de salir de aquí un tipo que no me ha gustado nada. Preguntaba por Javier. Me ha dado su tarjeta y es el subjefe de la policía urbana de  la ciudad. ¿Qué ocurre Eugenia? ¿En que anda metido Javier?
-         ………………….
-         Le dije que hacía meses que no le veía, pero me da la sensación de que no me    ha creído
-         ………………….
-         Tranquila, no te preocupes. No creo que vuelva.
-         ………………….
-         De acuerdo hasta luego


Aunque no pude escuchar parte de la conversación, fue suficiente para saber que el pintor conocía donde se encontraba Javier. Sabia que me estaba engañando, pero confirmarlo, me molestó, Este artista de pacotilla se iba a enterar de quien era yo. Se cree superior por que ha conseguido un poquito de gloria. Pues va a saber quien es el superior.
Aprovechando la penumbra, me deslicé con sigilo por un lateral, sorteando las distintas imágenes religiosas hasta situarme cerca de donde se encontraba el pintor.
Estaba de espaldas a mi y no me oyó llegar. Cuando escuchó el ruido de mis pasos ya era tarde. Le descargué un golpe seco en la nuca que le hizo perder el conocimiento, desplomándose al suelo. Busqué en sus bolsillos hasta encontrar la tarjeta de visita que le había dado y la recuperé, después lo arrastré hasta esconderlo detrás de uno de los altares. Lo dejé maniatado y amordazado con cinta adhesiva.
A esas horas nadie iba a acercarse a la Iglesia. El sacristán me dijo que el sacerdote estaba oficiando un funeral en un pueblo limítrofe y él no iría hasta el momento de cerrar, cuando el pintor terminase su jornada.
Salí a la calle a buscar el coche. Por suerte no me crucé con nadie. Pero para asegurarme de que el sacristán seguía allí entré de nuevo en el bar de la plaza.
Luisa me sonrió al verme y se acercó a donde yo estaba. Felipe y su compañero, seguían dando cuenta de la que debía de ser la enésima cerveza y enfrascados en una discusión de fútbol.

-         He venido a despedirme, Luisa
-         ¡Oh! Ya se marcha usted – su mirada mostraba decepción -
-         Si, lamentablemente, me han llamado del trabajo y no puedo quedarme el tiempo que tenía previsto.  ¿Me pone un café con hielo?
-         Enseguida



Esa mujer me encendía, me provocaba y decidí jugármela a una carta.
Me dirigí a los aseos y antes de entrar al distribuidor que separaba el de señoras del de caballeros, me giré y miré hacia la barra. Ella me estaba mirando y bajó la vista como si hubiese estado haciendo algo que no debía. Esperé en esa posición. Los únicos clientes seguían enfrascados en su  discusión y no prestaban atención.  Cuando Luisa volvió a mirar, le hice un gesto con la mano llamándola. Ella se extrañó  y  se acercó hasta donde yo estaba, a la vez que me metía en la zona de los aseos.
Cuando entró, cerré la puerta. La cogí por los hombros y sin que pudiese reaccionar la besé. Al principio no respondió al beso y se resistió pero sin convicción. Poco a poco se fue relajando y mi lengua pudo abrirse camino en su boca, mientras mis manos recorrían su espalda y presionaban su cuerpo contra el mío de forma que notase a la perfección que “mi hermano pequeño” había dejado de serlo. Mi boca pasó a su cuello y enseguida empezó a gemir. Me separé y cogiéndola de la mano la llevé al baño de señoras. No había ninguna mujer en el local y no quería que uno de los palurdos que estaban en la barra nos interrumpiese.
El baño era muy pequeño, apenas cabíamos. Con prisa, le subí el top hasta sus hombros y sus generosos pechos aparecieron ante mi, parcialmente protegidos por un sujetador de encaje, mis manos los estrujaron primero y buscaron el cierre de la prenda a continuación para liberarlos. Empecé a soltar los botones de su vaquero. Ella intentaba hacer lo mismo conmigo, pero el poco espacio de que disponíamos no facilitaba la labor. Esperó a que yo terminase de bajar sus pantalones hasta los tobillos y ella continuó con mi ropa.
Para entonces, mi pene estaba deseando ser liberado de su encierro.
Desabotonó mi camisa, soltó mi cinturón y me bajó los pantalones y el slip. Tenia el sexo con vello, sin arreglar, pero no me importó, eso le daba un toque mas salvaje al momento.
Mi boca se lanzó a sus pechos, los chupé, los mordí, los estrujé, mientras su mano se perdía en mi sexo y  la mía en el suyo. Estaba completamente húmedo. No había tiempo para mucho preludio, así que le hice darse la vuelta y se apoyó en la pared.  Entré despacio y ella hizo un movimiento hacia atrás  para terminar la penetración. Estaba ansiosa,  yo también. La sujeté por las caderas y mientras mi pubis golpeaba rítmicamente  en sus nalgas, sus bamboleantes pechos parecían moverse al son de sus gemidos. Me pidió que aumentase el ritmo y no me hice de rogar. Mis manos pasaban de su cadera a sus pechos acompañándolos en su frenético baile. Sus gemidos aumentaron de intensidad en proporción a mi ritmo, hasta que  su espalda se arqueó, empezó a temblar y anunció  un orgasmo que por su intensidad provocó también el mío. Cuando terminamos y se normalizó nuestra respiración, nos dimos un fugaz beso y empezamos a vestirnos con rapidez. Se escuchaban las voces achispadas de los únicos clientes del bar llamándola para pedir una nueva ronda de cervezas. 



Luisa salió como si viniese de la cocina y les sirvió sus cervezas. Yo salí al cabo de dos o tres minutos. Pedí a Luisa que me cambiase los cubitos de hielo, de los que no quedaba ni rastro. Tomé mi café y al pagar le di un papelito en el que había anotado un número de teléfono y la palabra “Llámame”. Me despedí con una sonrisa y fui a recoger el coche.
Miré el reloj. Había pasado media hora desde que salí de la Iglesia.
Aparqué en la puerta y entré en el templo.
El pintor seguía inconsciente.
Comprobé que respiraba y lo arrastré hasta la puerta. Salí, abrí el maletero  y después de asegurarme nuevamente de que no había nadie por allí cogí su cuerpo y lo metí en el maletero cerrándolo a continuación. Subí al  coche y arranqué en dirección a la ciudad.

Continuará
Fotografias extraidas de internet

domingo, 22 de agosto de 2010

MARIPOSAS NEGRAS ( II )



Al principio me sorprendió encontrar a una persona mirando la cúpula, pero enseguida reconocí a Javier.



Eugenia me había avisado de su llegada. Ella había tenido que marcharse unas horas y no podría estar para recibirle. Puesto que nos conocíamos, Eugenia me pidió que se lo explicase y que le esperase en su casa. También me había dicho que Javier tenía algún tipo de problema que le obligaba a dejar la ciudad por un tiempo, pero que confiase plenamente en él.


Nos saludamos con cordialidad. Había empatía entre nosotros y se notaba a pesar de lo poco que habíamos hablado.


Le expliqué lo que me dijo su hermana y dándome las gracias quedamos en vernos más adelante para charlar más despacio. Salió de la Iglesia para dirigirse a casa de Eugenia.






Me preparé para continuar con mi trabajo e inicié la subida del andamio. Cuando estaba a mitad de ascensión recibí una visita inesperada


Reconocí la melena negra azabache, las formas voluptuosas y el gracejo al andar, a pesar de la distancia y la llamé



- ¡Flor!


- ¡Hoooolaaa!


- ¡Has venido!


Comencé a desandar el camino recorrido y bajé a saltos el espacio que me quedaba hasta el suelo.


La abracé cuando la tuve a mi alcance y la besé con pasión, olvidando por unos instantes que nos encontrábamos en un lugar de culto.


Estaba perdidamente enamorado de esa mujer. A pesar de que por su profesión, no podíamos vernos todo lo que deseábamos, teníamos la convicción de estar hechos el uno para el otro.


Flor Trujillo, soprano de éxito, viajaba constantemente y eso dejaba poco tiempo para las relaciones de pareja. A pesar de eso, compaginábamos bien los escasos momentos libres que teníamos. Mi profesión permitía mayor libertad de movimientos y me desplazaba con frecuencia a las ciudades donde Flor tenía alguna representación.






Después de los primeros y efusivos momentos, Flor quiso ver mi última creación y se acercó hasta la parte inferior de la cúpula. A esa distancia, los detalles de mi trabajo no se apreciaban bien, pero aún así frunció el ceño. Quiso subir para verlo mejor.


Cuando ya estaba en la parte alta del andamio, su rostro cambió y puso una expresión de ira contenida.






- ¿Por qué lo has hecho? – le preguntó a Carlos


- ¿Por qué he hecho, qué?


- ¿Por qué has pintado su rostro?


- ¿El rostro de quién?






No comprendía lo que me estaba diciendo. No sabía a donde quería ir a parar.






- ¡El rostro de ella! ¡No te hagas el sueco!


- No se de que me estás hablando


- ¡Sabes perfectamente de que te hablo, esa es la cara de Eugenia Ángel! ¿Te inspiras en ella para la pintura? ¿también ha posado desnuda para ti? ¡Y ahora me dirás que no hay nada entre vosotros, que solo son imaginaciones mías!


- ¡Por supuesto que son imaginaciones tuyas y por supuesto que no hay nada entre nosotros! La única mujer que hay en mi vida eres TU.






Tuve que armarme de paciencia hasta que logré hacer entrar en razón a Flor. Conseguí convencerla de que la mujer de la pintura no era Eugenia Ángel y de que ella era la única que ocupaba mi corazón.


Arrepentida por el infundado ataque de celos, me pidió perdón y me sugirió una apetecible compensación.


Solo podía a estar unas horas en el pueblo, así que decidieron marcharse a casa de Carlos a disfrutar del poco tiempo que tenían


Conocí a Flor en un coctail que se celebró un año antes en casa de un amigo común, después de una representación. Me enamoró en el escenario, pero cuando me la presentaron, sentí una irrefrenable atracción por ella. La voluptuosidad de sus formas, sus increíbles ojos verdes y su imparable verborrea hacían que desprendiese un magnetismo del que era difícil desprenderse. Congeniamos bien y estuvimos charlando mucho rato. Entonces no sabía si tenia pareja, pero la invité a comer al dia siguiente. Rechazó amablemente mi invitación por que salía de viaje, pero aceptó desayunar conmigo. Al principio no comprendí el mensaje que me estaba lanzando y puse cara de estúpido. Su sonrisa me hizo caer en la cuenta y me sentí todavía mas estúpido.


Pasamos lo que quedaba de noche juntos, en mi casa, y fue la confirmación de que esa atracción casi animal que me produjo no fue un espejismo. La fuerza que transmitía en el escenario era su naturaleza y también la llevaba al terreno personal. Me enamoré perdidamente de ella.














No me costó demasiado tiempo en localizar la casa de Eugenia.


Las indicaciones que me había dado Carlos, fueron suficientes para encontrar el palacete del siglo XVI, que era la residencia del matrimonio. Para acceder a él, había que pasar por un gran portalón que daba paso a un inmenso jardín y una zona asfaltada que conducía a la entrada de la casa.


Bajé del coche. Un empleado de la casa se hizo cargo de mi escaso equipaje y me acompañó hasta el salón indicándome que mi hermana no estaba, volvería pronto. Le había dado indicaciones de que me acomodase y esperase su llegada.


No tardó mucho , apenas había terminado de distribuir mi ropa en los armarios de la inmensa habitación de invitados cuando escuché la llegada de un coche a la casa y la inconfundible voz de mi hermana dando instrucciones al servicio.


Vino enseguida a la habitación y nos dimos un abrazo. Seguía siendo la misma mujer nerviosa, y vivaracha de siempre. Después de habernos saludado, empezó el interrogatorio.


- Me tienes muy preocupada, tienes que contármelo todo.


Durante el viaje, estuve sopesando la posibilidad de contarle le verdad, pero decidí que no era buena idea. Confiaba plenamente en ella, pero cuanta menos gente supiese lo que estaba ocurriendo, mucho mejor. Opté por dar la misma versión que a mi ex mujer. Desde hacía unos años, rechazaba la escolta policial (eso era cierto) que me ofrecieron por las amenazas recibidas de un grupo terrorista. Le conté que en la última detención de activistas del grupo, se habían encontrado documentos que me señalaban como objetivo prioritario, por lo que la policía me recomendó que desapareciese una temporada con la consigna de no revelar a nadie mi nueva residencia.


Aceptó la explicación con una cara que reflejaba una cierta desconfianza, no en vano, me conocía bien y era la primera vez que me tomaba en serio esas amenazas. Eso le sorprendía. Acordamos que daría instrucciones a su gente para que no comunicasen a nadie mi presencia en su casa. El coche quedó encerrado en el garaje y yo me dispuse a prepararme una zona de trabajo en la habitación. Disponía de una mesa-escritorio, conexión a Internet y la tranquilidad necesaria para poder pensar en los siguientes pasos a seguir. Mientras encendía un cigarrillo, escuché la llegada de un vehículo y me asomé con discreción a la ventana.


El coche me resultaba familiar y cuando paró delante de la puerta de entrada y vi a Marconi, mi corazón se aceleró.


Fabio Marconi, subjefe de la Policía Urbana, hombre de confianza y subalterno de Galindo. Los dos aparecían en el informe que me envió el constructor como personas implicadas. El hecho de que Marconi estuviese allí no era una buena señal. La búsqueda había comenzado demasiado pronto. Creí que dispondría de más tiempo pero habían sido muy ágiles.






Un empleado de la casa abrió la puerta y después de una breve conversación le hizo pasar al interior. A los pocos minutos vi que volvía a salir, subió al coche oficial y se marchó.


Eugenia vino a la habitación antes de que el coche se perdiese de vista por la carretera de acceso a la casa.






- Han preguntado por ti


- Lo se. Conozco a esa persona. ¿Qué te ha dicho?


- Quería saber si estabas aquí o si sabía donde encontrarte. Ha dicho que el alcalde necesitaba verte con urgencia y no había forma de localizarte.


- ¿Y que le has respondido?


- Pues lo que hemos hablado. Que no te había visto desde hacia semanas y no me informabas de tus movimientos, así que no sabía donde podías estar.


- ¿Te dijo quien era?


- Si, y también me dijo que si te veía, te comunicase que el alcalde tiene mucho interés en hablar contigo.


- Ya…………


- Mira, esto, resulta muy extraño. Me dices que te ha amenazado un grupo terrorista y que te vas a esconder una temporada. Nunca habías hecho caso de esas amenazas. Incluso rechazaste la escolta que te ofrecieron, y ahora, de repente, te asustas y huyes.






Tenía razón en la inconsistencia de mi argumento, pero no estaba dispuesto a poner a nadie más en peligro


Continuará


martes, 17 de agosto de 2010

MARIPOSAS NEGRAS



Después de haber manchado el buen nombre de la poesía con vanos intentos de construir versos.
Después de unos días de vacaciones junto a mi deseado mar.
Después de haber dedicado un poco de tiempo a mi otro blog Réquiem por un Postre.
Después de un periodo sin publicar……
He decidido recuperar las sensaciones que me despiertan construir un relato.
Pero esta vez va a ser de una forma diferente.
En sucesivas entregas, podréis ir desgranando la trama de una historia que pretende ser la adaptación a los tiempos actuales de algo escrito hace más de un siglo
En la última entrega colgaré un resumen de la historia en la que me he basado y los nombres reales que el autor utilizó para sus personajes
Al tener cierta extensión, he preferido poner, antes de la primera parte, una breve descripción de mis personajes para facilitar la lectura.

Sin ninguna pretensión ni presunción por mi parte, sería un buen ejercicio, para quien le apetezca, intentar descubrir cual es la historia en la que me he basado.
Para estimular el interés, l@s que acierten tendrán un premio



PERSONAJES

Javier Ángel, Concejal. Descubre un caso de corrupción que afecta al alcalde de su corporación
Eugenia Ángel, hermana de Javier Ángel, casada con un acaudalado marqués. Ayuda a su hermano cuando este decide huir.
Carlos Carvajal, pintor de renombre. Ha pintado retratos para el Marqués y su familia, incluida su mujer, con la que mantiene una buena amistad. Actualmente pinta una cúpula de la Iglesia, del pueblo donde la Marquesa tiene su residencia
Flor Trujillo, cantante de ópera enamorada de Carlos Carvajal. Mujer de belleza salvaje, deseada por muchos hombres.
Galindo, jefe de la policía urbana. Funcionario corrupto y vinculado a clanes mafiosos. Dispuesto a todo por dinero. Desea conquistar a Flor Trujillo
Marconi. Subjefe de policía.
Lucas Tello. Abogado de la corporación municipal





Primera parte


El tráfico estaba intratable a esas horas y probablemente llegaría tarde a la reunión. La pericia del conductor del coche oficial no era suficiente para sortear los semáforos y al resto de vehículos. Cogí el IPhone y llamé a mi secretaria para anunciarle mi retraso.
Me quedaba al menos media hora para llegar a mi destino, así que decidí aprovechar el tiempo. Encendí el portátil e inserté el cd que habían depositado en el buzón de mi casa. Lo había revisado por encima y lo que vi me asustó. Contenía grupos de documentos escaneados, anotaciones de ingresos bancarios, algún video grabado en condiciones defectuosas y una breve carta de presentación del contenido.
Era una bomba. Había material suficiente para provocar una debacle política y, probablemente, para llevar a prisión a varios altos cargos de la corporación municipal, incluido su máximo representante.
La carta de presentación era escueta. Un importante promotor inmobiliario la había redactado, presentándome todas las pruebas que implicaban a los altos cargos y a él mismo, en un claro caso de prevaricación. Él había huido al extranjero cuando empezó a recibir mensajes anónimos amenazando su vida y la de su familia. Su desconfianza inicial le llevó a recopilar las pruebas que le guardasen las espaldas, pero no había sido suficiente.
El IPhone me anunció la entrada de una llamada con número privado y por unos instantes dudé en responder, pero por fin contesté.

- Dígame
- Escuche atentamente lo que voy a decir por que no lo repetiré. Si no abandona su idea de llevar a la policía la información que tiene, secuestraremos a su hijo y le iremos enviando uno a uno los dedos de sus manos y de sus pies. Considere que el futuro de su hijo está en sus manos. Le vigilamos, conocemos sus movimientos y no amenazamos en vano.

La comunicación se interrumpió cuando mi interlocutor, con voz distorsionada, colgó con brusquedad.
Me costó unos segundos asimilar el contenido de la llamada. Permanecí con el teléfono pegado a la oreja sin reaccionar.
Cuando me di cuenta de la gravedad de la amenaza, llamé inmediatamente a mi exmujer y le pregunté por mi hijo

- ¿Cómo que donde esta Javi?, ¿Dónde va a estar a estas horas?, en el colegio, ¿Dónde sino? ¿Qué ocurre Javier?
- No te lo puedo explicar por teléfono. Llama al colegio y di que ha surgido un problema familiar grave y vas a ir a recogerlo. Diles también que estará fuera unos días.
- No voy a hacer nada de eso hasta que no me expliques lo que ocurre
- Te lo explicaré en cuanto hayas recogido al niño. Ve con él a casa de tus padres y espérame allí. No estoy jugando. El asunto es grave.

Su ex mujer colgó el teléfono con la promesa de que cumpliría sus indicaciones inmediatamente.
Dio instrucciones a su chofer para que se dirigiese a su domicilio y llamó de nuevo a su secretaria para que le anulase todas las citas previstas para ese día.



Llegué a casa y me senté en mi sillón preferido.
Vivía solo desde mi separación y la casa desprendía un toque personal. Había querido plasmar en la decoración de la misma, lo que más me gustaba. Hice de los 60 m2 un lugar íntimo, agradable para vivir. Sin estridencias, pero cómodo. Era un ático con chimenea y una inmensa terraza que había convertido en un vergel.
Pensé en la amenaza recibida y decidí cuales serían mis siguientes pasos. Era rápido tomando las decisiones correctas en situaciones difíciles. Ese era uno de mis principales valores y me sirvió para ascender en mi carrera política a una velocidad poco habitual en el entramado del partido.
Hice una copia del DVD y preparé una maleta con lo imprescindible para pasar unos días fuera de casa.


Cada vez que ponía el coche en marcha me producía la misma sensación de poder. El ronroneo del poderoso motor, me gustaba, me infundía seguridad.
El Aston Martin fue un capricho caro, pero era el único vicio que me permití en años.
Salí del garaje y me dirigí a casa de mis ex suegros. Confiaba en que mi ex mujer ya habría llegado con nuestro hijo.
Las explicaciones fueron cortas pero contundentes. Les dije que había recibido la amenaza de un grupo terrorista y no quería que corriesen ningún riesgo. Hasta que se tranquilizase la situación era conveniente que abandonasen la ciudad
Mi ex suegro asumió la gravedad de la noticia y decidió ir por un tiempo a la casa que tenían en el Pirineo. Casi nadie conocía su existencia y, en principio, era un lugar seguro.
Me pareció bien y mientras preparaban lo necesario para el viaje, me despedí prometiéndoles mantenerme en contacto.

Pasé por el banco y deposité en la caja de seguridad el original del DVD
La copia la envié desde Correos a mi abogado con instrucciones de que la entregase a la policía judicial si me ocurría algo
El coche, respondiendo a mi nerviosismo, salió disparado en dirección al pueblo donde vivía mi hermana Eugenia.
Tenía un largo trecho por recorrer.



Mientras devoraba kilómetros por la autopista llamé a Eugenia para anunciarle mi visita. Le conté brevemente que tenía un problema grave, que confiase en mi y que necesitaba su ayuda.
Eugenia estaba casada con un noble adinerado y estaba pasando una temporada en la casa señorial del pueblo de su marido.
Quedamos en vernos en la Iglesia.
Eugenia me explicó que estaba financiando la pintura de una cúpula de la Iglesia. La ejecución de la obra la llevaba a cabo Carlos Carvajal. Pintor de renombre, que ya había pintado algunos retratos para la familia de mi hermana.
Yo había coincidido con él en algún acto público y desde que me lo presentó mi hermana, me cayó bien. No tenía las rarezas propias de los artistas, ni la petulancia de los que han conseguido el éxito en su profesión.

Una hora mas tarde entré en el pueblo y localicé la Iglesia. Aparqué el coche en los alrededores de la plaza de la Iglesia, en una zona discreta. Caía un sol de justicia y cuando crucé la puerta principal, sudaba.
Una agradable temperatura me recibió al entrar en el templo. También experimenté una sensación de tranquilidad, de bienestar, que me tranquilizó.
A esas horas, el templo estaba vacío. Busqué a Eugenia, pero allí no había nadie. Vi el andamio que se había montado para poder pintar la cúpula y los útiles de trabajo del artista. La obra representaba una escena bíblica en la que Jesús de Nazaret se aparece a María Magdalena después de resucitar Estaba basada en el cuadro que Tiziano pinto en 1512 representando esa escena.
Mientras admiraba la parte de la obra que estaba hecha, oí ruidos junto a la puerta de la sacristía y al abrirse esta apareció Carlos Carvajal, embutido en un mono de trabajo completamente manchado que le daba aspecto de pintor de brocha gorda, más que del artista que era.

Continuará