
Le gustaba la noche.
La sala de juego donde trabajaba cerró sus puertas a las tres y media de la madrugada, se cambió de ropa y declinó una invitación de sus compañeros para ir a tomar una copa.
Era un sábado del invierno de 1990. Había sido una jornada dura.
Tenía un trayecto de 30 minutos hasta su casa y hacía frío. Con un gesto involuntario se levantó las solapas del abrigo y aligeró el paso. Estaba deseando llegar.
Una vez en casa, se cambió de ropa y dobló cuidadosamente la que se había quitado. Fue a la cocina, se preparó un café y mientras se enfriaba se dirigió a la habitación que hacía de estudio. Tenía unos diez metros cuadrados. En una pared había una librería repleta de libros que estuvieron bien colocados mientras hubo suficiente espacio para ellos. Ahora no, ahora los libros se amontonaban llenando los huecos que había, sin orden ni concierto. Fue hasta su mesa y encendió el ordenador.
Mientras, se fue a recoger el café que había dejado enfriándose. Buscó el procesador de textos y apareció la pantalla con la representación de una hoja de papel en blanco.
Empezó a escribir, sin saber muy bien lo que le empujaba a ello. Necesitaba plasmar en algún sitio todo lo que sentía y no podía contarle a nadie. Y esa, era una buena herramienta para hacerlo. No tenía amigos, y aunque los hubiera tenido, no podían ayudarle. Sus sentimientos, frustraciones, desde hacía años, se las guardaba para si mismo. No creía ni en psicólogos, ni en terapias. Nadie mejor que él conocía sus problemas.
Estuvo escribiendo durante dos horas, hasta que el sueño empezó a ganar la batalla. Guardó el fichero, lo llamó “Mi otro yo” y apagó el ordenador.
Se sentía un poco mejor que antes, parecía que le hubiesen quitado parte de la carga que llevaba encima y se prometió a si mismo continuar al día siguiente.
Las primeras luces del alba intentaban entrar a través de los huecos de la persiana de su habitación.
Vio la silueta de su mujer, dormida, respirando pausadamente y se acostó a su lado. Puso una mano en su cadera y notó el suave tacto de su piel. La acarició esperando su reacción, pero esta no llegó.
No la despertó por que sabía que estaba despierta. Desde hacía cinco años, apenas hacían el amor.




