miércoles, 2 de septiembre de 2009

"ANIMALES DE COMPAÑIA"

Lunes, 2 de septiembre

El sonido del teléfono rompió su concentración.
Estaba terminando de corregir su próximo libro y esperaba obtener el mismo éxito que con los anteriores.
Molesto por la interrupción, no respondió a la llamada y dejó que el contestador automático se activase para recibir el mensaje.
Una voz grave e impersonal le comunicaba que su familia había sufrido un accidente y se requería su presencia en el Hospital Universitario San Jaime.
Al principio, no comprendió el mensaje y se desplazó hasta la mesita donde estaba el teléfono con el contestador. Tuvo que volver a escucharlo para asimilar lo que le estaban diciendo.
Dejó el ordenador encendido, bajó las escaleras corriendo y salió disparado hacia su coche.
Los perros lo miraron inquietos, esperando alguna indicación, pero al ver que abandonaba la casa a toda velocidad volvieron a quedarse tranquilos.
Durante el trayecto llamó repetidas veces al teléfono móvil de su mujer, y todas acabó obteniendo la misma respuesta. La grabación del contestador: “Ha llamado al…..”.
Su Aston Martin volaba a 250 Km./h gracias al escaso tráfico. El coche había sido un capricho muy caro, consecuencia del éxito de ventas de su segundo libro. Siempre soñó con tener uno y jamás pensó que lo podría conseguir, pero tuvo la suerte de cara, por primera vez en su vida cuando, de manera fortuita, lo que hasta ese momento había sido una afición sin pretensiones, pasó a ser su medio de vida.
Siempre le gustó escribir, pero jamás pensó en publicar nada de lo que creaba, hasta que un amigo, entregó uno de sus trabajos a un conocido editor, sin decirle nada, y este vio posibilidades. El resto fue rodado. Entrevistas, firma de ejemplares, y al final…… el éxito al resultar ganador de un renombrado premio literario.
A sus cincuenta años, se pudo dedicar a lo que realmente le gustaba. Dejó su trabajo anterior y adquirió una antigua casa cerca del mar, rodeada de bosque en una zona bastante agreste a ochenta Km. de Barcelona. Un sitio ideal para escribir
Recordó que su mujer y sus dos hijos se habían desplazado a la ciudad para formalizar la matrícula de ambos en la universidad. Debía de haberlos acompañado, pero su editor le acuciaba con la entrega del siguiente libro y les pidió que fuesen solos.
Un creciente sentimiento de culpabilidad se adueñó de él y, aún sin saber lo que había ocurrido, no dejaba de pensar que pudo haberlo evitado, si hubiese ido.



- No me siento segura viviendo aquí, tan alejados de la civilización
- Pero ¿a que tienes miedo? –le preguntó él-
- A muchas cosas. Sabes que soy una urbanita. Veo más inconvenientes que ventajas para vivir en medio de la nada, alejados de la civilización, además puede aparecer algún animal del bosque, o cualquier desaprensivo, que ya sabes como están las cosas ahora. Todos los días se ven en las noticias los robos que se producen en urbanizaciones o chalets mientras sus ocupantes duermen. Además están los niños.
- Pero Laura, niños niños ….. ya no son, María tiene 20 años y Pablo 18. De todas las formas, no te preocupes, yo me encargo de la seguridad.
- Si estas pensando en traer un arma, olvídalo. Sabes que no las soporto.
- No pienso en un arma. Tú déjame a mí.

Treinta minutos después de la llamada telefónica, aparcó junto a la puerta de urgencias y entró como una exhalación hasta el control.

- Soy Alejandro Nadal, he recibido una llamada avisándome de que mi familia ha sufrido un accidente y la están atendiendo en este hospital

Al identificarse, vio un gesto grave en la auxiliar del control, que le asustó, pero rápidamente recobró su profesional sonrisa y, amablemente, le indicó que esperase un momento mientras iba a buscar al doctor que había atendido a su familia.

Miércoles, 4 de septiembre

El funeral se celebró dos días después.
Fue un acto íntimo.
Él estaba completamente ausente de la realidad, desde que le comunicaron la noticia en el hospital. Le parecía tan inverosímil que su mente no asimiló los hechos.
Un lamentable accidente, fue la calificación que dieron. Lamentable, desde luego, lo fue. Pero que fuese un accidente no estaba tan claro.

Jueves, 5 de septiembre

El hijo menor conducía el todo terreno. ¿Exceso de velocidad, despiste, las dos cosas? Alguna de esas causas provocó el derrapaje y la salida del vehiculo fuera de la carretera. La fatalidad quiso que golpeasen contra un árbol lateralmente, cayendo boca abajo a un río que era lo suficientemente profundo como para cubrir el coche.
Murieron los tres ocupantes.
Las autopsias revelaron que los dos jóvenes intentaron salir del vehículo pero al no conseguirlo murieron ahogados. Probablemente se bloquearon las puertas como consecuencia del golpe.
La madre, que presentaba un fuerte golpe en la cabeza, falleció en el acto, ya que sus pulmones no presentaban los signos de encharcamiento típicos en los ahogados.
Fue la versión oficial del accidente.
Alejandro no creyó en ningún momento en esa reconstrucción de los hechos. Desde que tuvo 10 años, Pablo manifestó su interés por los coches, y él le enseñó todo lo que sabía sobre conducción deportiva, a lo largo de los años. Conocía perfectamente la técnica del derrapaje y habían experimentado hasta la saciedad, la utilización del freno de mano o el contravolanteo para salir de una situación apurada por exceso de velocidad en una curva.
Había además otro detalle. Pablo era muy prudente al volante.
Aprendió a respetar las normas de circulación. Entendió que saber conducir rápido y salir de situaciones difíciles no convertían las calles en circuitos.

Martes, 10 de septiembre

Dedicaba todo su tiempo a averiguar lo ocurrido. Utilizó los contactos que su editor tenía en la Guardia Civil para obtener una copia de la investigación del accidente. A pesar de haber invertido mucho dinero, no pudo llegar a ninguna otra conclusión y tuvo que aceptar la versión oficial de los hechos, aunque no quería creerla
A partir de entonces toda su vida cambió. Se trasladó a vivir definitivamente a la casa de la costa.
El ático de Barcelona estaba lleno de recuerdos y era incapaz de permanecer allí. Lo vendió y se retiró del mundo.

Lunes, 30 de septiembre

Era el día de su cumpleaños
Como cada noche desde el accidente, apenas había dormido. Los somníferos le sumían en un estado de sopor, pero su mente le negaba un descanso que cada vez le era más necesario. Al levantarse, se dirigió al baño, vió en el espejo un rostro completamente demacrado, con barba descuidada de varios días y le costó reconocerse. El recuerdo volvió a golpearle como una maza y empezó a llorar una vez más.
Aquél día tenía que haber sido especial, no tanto por la celebración en si, sino por lo que representaban a nivel familiar estos acontecimientos. Eran felices, sus hijos eran normales, que ya era mucho decir después de ver a los de sus amigos y conocidos. Y su matrimonio funcionaba razonablemente bien, acomodados a esa rutina que van dando los años de relación, viviendo y dejando vivir.
Aprovechaban estos acontecimientos para reunirse y tratar de mantener los lazos familiares, algo que cada año se complicaba más a medida que María y Pablo fueron creciendo y reclamaban su propia autonomía.
Recorrió las habitaciones del que era su hogar como un autómata. Abrió los armarios una vez más, se embriagó con los aromas que identificaban a la ropa de cada uno.
Alejandro estaba en esa fase de la depresión en la que se retroalimenta y necesita volver a recordar los momentos que provocaron su existencia.
Por un momento creyó verlos. A María hablando por el móvil tumbada en su cama, a Pablo sentado delante de su ordenador y a Laura, su mujer, en la cocina, preparando la comida de la onomástica.

Un ladrido le sacó de su ensoñación.
Salió a dar de comer a los perros, y estos, con ganas de jugar, le devolvieron por un momento al mundo real, ajenos a la tragedia de su dueño.
Se sentó en el porche con una humeante taza de café en la mano y esperó a que se hiciese la hora de la llegada del servicio.

La casa fue construida en 1930 por un acaudalado industrial textil de Barcelona. Tenía un aspecto un poco siniestro. Ubicada en una parcela de cinco mil metros cuadrados, en la ladera de un monte, rodeada de pinos y con unas espectaculares vistas al Mediterráneo.
Disponía de dos plantas y un torreón circular terminado con forma cónica, que a modo de faro, daba un aspecto peculiar al edificio.
No tuvo que hacer apenas reformas, ya que los herederos la habían cuidado, hasta que se vieron obligados a venderla debido al coste de su mantenimiento.
Luis había transformado la planta alta de la torre en un estudio, su centro de trabajo. Mandó construir una librería de forma circular, siguiendo el contorno de la torre, donde almacenó todos los libros que había ido adquiriendo a lo largo de su vida. Se accedía a ellos desde la propia escalera que llevaba a la planta alta. En el centro de la habitación situó su escritorio, orientado hacia el mar que, en muchas ocasiones, era su fuente de inspiración. Grandes cristaleras, le permitían tener una visión privilegiada del entorno. Un sofá, una pequeña mesa y un mueble con el equipo de música completaban la parca decoración de la habitación. Ni necesitaba, ni quería nada más.
Le gustaban los perros. Había tenido desde pequeño y a medida que por edad o por accidente, estos iban desapareciendo de su vida, se las ingeniaba para conseguir otros. Le gustaba especialmente el doberman, era un buen perro guardián, por eso cuando su mujer mostró sus reticencias ante la falta de seguridad de la casa, primero instaló una alarma y segundo, pensó adquirir uno.
Hizo algunas llamadas y un amigo le proporcionó dos de la misma camada. Un macho y una hembra. Los crió como si fuesen bebés. Los habían separado de la madre en el periodo de lactancia, así que tuvo que pasar una temporada dándoles el biberón cuando les tocaban las “tomas”.
Cuando pasó un tiempo, los llevó a entrenar, y a su regreso eran unos perfectos cancerberos para la casa. Para evitar disgustos innecesarios puso el preceptivo cartel de “Cuidado con los perros”, a la entrada de la propiedad. Obedecían ciegamente sus órdenes, aunque Laika, la hembra, se mostraba muy celosa y con una mirada nada tranquilizadora, cuando su hermano, Bull, jugaba con Alejandro.

Martes, 30 de septiembre, un año más tarde


La primera vez, fue un accidente.

Después de un año de aislamiento, se había convertido en otra persona.
Los primeros doce meses fueron una batalla diaria para no suicidarse. Los recuerdos y el remordimiento lo obsesionaron día y noche. Las pesadillas eran constantes. Veía a sus hijos dentro del coche, completamente inundado, golpeando las puertas para salir a la superficie. Veía a su mujer inerte. Veía sus caras de agonía cuando, intentando respirar, abrían la boca buscando aire con desesperación encontrando solo el agua que iba a provocar sus muertes.

En algún momento, algo en su cerebro se rompió. No fue solo la angustia constante de haberlos perdido. También influyó su aislamiento voluntario que, poco a poco, le llevó a perder la percepción de la realidad.
Desde hacía unos meses tenía sueños eróticos. Al principio, la protagonista era su mujer, pero después, era un cuerpo sin rostro definido el que compartía sus caricias con él. Los sueños se repetían noche tras noche y al despertarse estaba cansado, empapado en sudor y totalmente excitado.
Pensó que, probablemente, el tiempo transcurrido sin haber mantenido relaciones con ninguna mujer, eran la causa que provocaba esos sueños.
Al fin y al cabo, ya habían pasado ¿suficientes? meses, había conseguido volver a escribir, el dolor se iba atenuando y aunque los recuerdos permanecían como el primer día, él tenía que seguir viviendo.
¿Por qué no comprobar si era capaz de hacer el amor con una mujer, después de lo ocurrido?
Después de todo era su cumpleaños

17 horas, miércoles, 30 de septiembre, dos años más tarde

Decidió recurrir, otra vez, a un servicio de chicas de compañía de alto standing. Después de tanto tiempo, era absurdo pensar que alguna de las “amigas” que tuvo, le recordase y mucho menos que le apeteciese estar con él.
Buscó páginas de contactos en Internet. Encontró una que mostraba a una atractiva candidata, la eligió y llamó por teléfono para concertar la cita.
Acordó el precio de sus servicios y le indicó la dirección de la casa y la forma de llegar.
Habló con la cocinera para que preparase cena para dos personas antes de marcharse. Le propuso el menú. Una Sinfonía de ensaladas con rulo de cabra tibio, reducción de miel y Acetto Balsámico, crujientes de bacon y piñones ligeramente tostados, como entrante. Solomillo de buey de Kobe sobre cama de mango caramelizado y láminas de foie de oca fresco con salsa de trufa negra Tuber Melanosporum como plato principal. Y de postre tulipa de teja de almendra con chocolate caliente sobre reducción de zumo de naranja cristalizado.
Lo acompañarían con un Milliari Chardonay fermentado en barrica y un Fagus de Garnacha centenaria. El postre seria regado con un Torelló Brut Nature.
Sabía que tendría que terminar la cena él mismo, en el último momento, pero no le importó. Prefería estar a solas y le gustaba cocinar.

20,30 horas, miércoles, 30 de septiembre


Até a los perros.
Puntual, se presentó a la hora convenida. Del deportivo amarillo, bajó una mujer de unos 30 años, que emanaba clase solo con mirarla. Discretamente elegante. Calculé 1,70 de estatura, con formas, pechos generosos, caderas y glúteos proporcionados, de pelo negro azabache, con unos preciosos ojos azules, labios naturales, carnosos y pintados con carmín rojo, tez blanca y poco maquillada.
Pasaría cualquier examen masculino con buena nota.
No había nada que delatase su profesión.
Dijo llamarse Marian. Supuse que era su nombre de batalla, pero no me importó. La invité a entrar y le ofrecí un Martini. Aceptó.
Una parte de Martini bianco seco y tres de ginebra Tankerai acompañado de una aceituna y un cubito de hielo. Era como a mi me gustaba.

Al poco tiempo de estar juntos, notó que le gustaba esa mujer. Se olvidó del motivo por el que había ido. Empezó a sentir las sensaciones agradables que transmite una compañía femenina cuando estás a gusto con ella y que él tenía olvidadas.
Ultimó la cena con su ayuda y ella hizo aprecio tanto de los platos, alabando su ejecución, como de los caldos.
Del equipo de música se escuchaban melodías de Supertramp.
Después del postre, le propuso terminar la botella de Torelló en el jardín.
Se sentaron en un columpio mecedora teniendo frente a ellos el Mediterráneo. Iban hablando de cosas intrascendentes mientras que la mezcla del cava con los vinos empezaban a producir su efecto.
Por tercera vez, desde hacía dos años, olvidó momentáneamente su desgracia. Dejó de sentirse ese ser desgraciado con el que se había cebado la mala suerte, incluso se rió abiertamente en alguna ocasión.
Solo se escuchaban los insectos, además de sus voces. El cielo estaba repleto de estrellas y la luna llena reflejaba un halo de luz en el mar. El momento invitaba a dejarse llevar.
Los perros, sin embargo, parecían inquietos, por alguna razón que solo ellos conocían.
Acarició su cara y la besó en los labios con dulzura. Ella respondió al beso sin apasionamiento, dejando que fuese él quien llevase la iniciativa.
Le había contado lo ocurrido y ella sabía que tenía que ser exquisitamente cuidadosa para que aquél encuentro no terminase mal.
La tomó entre sus brazos y, esta vez su contención anterior desapareció. La volvió a besar con desesperación, mientras sus manos le acariciaban todo el cuerpo por encima del vestido.
Dos años de sufrimiento y desequilibrios quisieron salir en un momento en forma de urgencia sexual.
La cogió de la mano y casi la arrastró hasta el dormitorio.
Cuando llegó allí, recordó que no había sacado a los perros. Era una medida de precaución que adoptaba cada noche y, especialmente esa, no quería tener sorpresas.

Bajó las escaleras, salió al jardín, se acercó a las casetas de Laika y Bull, les soltó sus correas y los dejó sueltos.
Después regresó al dormitorio. Marian se había quedado solo con la ropa interior y lo esperaba sentada en la cama.
Llevaba lencería negra por dos razones. Sabía que gustaba a los hombres y, sabía que esa lencería, producía un efecto demoledor en contraste con la blancura casi nívea de su piel.
Alejandro no se anduvo con muchos preámbulos. Se abalanzó sobre ella y liberó a todos sus fantasmas a la vez. Fue un acto animal. No hubo ternura, ni cariño, solo pasión descontrolada.
Y después llegó la calma
Cuando terminó, se sumió en un profundo silencio, cerró los ojos y pareció quedarse dormido.
Ella, unos minutos antes, había estado a punto de salir corriendo viendo que la violencia con que se desarrollaba todo, iba en aumento. No parecía la misma persona con la que había pasado toda la velada.
Al mirarlo, desnudo, tendido en la cama, aparentemente indefenso, decidió esperar.
Conocía el riesgo que corría con estos encuentros, pero los ingresos que obtenía le compensaban con creces.

1,30 horas, jueves, 1 de octubre

Abrió los ojos al oír los ladridos. No era normal. Marian se asustó. Él se levantó y se acercó hasta la ventana del dormitorio, desde donde se divisaba todo el jardín. Vio a los dos perros junto al muro que delimitaba la propiedad, mordiendo lo que parecía un animal del tamaño de un conejo. Lo habían partido en dos y cada uno de ellos se recreaba triturando los restos del trofeo.
No le dio más importancia y volvió a la cama. Era frecuente que animales del entorno entrasen en el jardín. El final era siempre el mismo.


Alejandro se disculpó con Marian por su comportamiento anterior. Nunca le había ocurrido algo parecido, le dijo. Han sido unos meses muy difíciles.
Ella sonrió comprensiva, aceptó sus disculpas y le dio un cálido beso.
El beso fue el comienzo de una nueva sesión amorosa, en la que él quiso compensar a Marian del episodio anterior. Olvidó quien era ella y puso todo su saber sobre el arte de amar, en hacerla sentir mujer.
Aparentemente lo consiguió. O al menos fue lo que ella le dijo.
Al finalizar, Alejandro tenía evidentes signos de cansancio y Marian, solícita, le propuso preparar un tente en pie para recuperar fuerzas. Él aceptó encantado y dejó que bajase a la cocina.

La luna llena dejaba entrar suficiente luz por las ventanas, así que no se molestó en encender la luz artificial. Abrió la nevera y empezó a preparar algo ligero para comer.
La cocina tenía una puerta que comunicaba con el exterior de la casa.
Normalmente era utilizada por el servicio y casi nunca estaba cerrada.
Alejandro no le dijo que los perros, a veces, entraban a la casa por esa puerta.

Marian no tuvo tiempo de ver nada. Fue todo muy rápido.
La estaban esperando. En la penumbra, su pelaje negro facilitó el no ser descubiertos. Laika saltó directamente al cuello de su presa con las mandíbulas abiertas. La habían entrenado para eso. Todavía tenía restos de sangre, del animal anterior, en su hocico. Le partió la tráquea al morder con fuerza y sus colmillos se clavaron brotando un reguero de sangre.
Simultáneamente Bull saltó hacia el brazo con el que Marian intentó zafarse de la perra, clavándole, también, los dientes de su poderosa mandíbula.
Ninguno de los dos ladró. Solo se oyeron unos ligeros gruñidos y a continuación, la caída de Marian al suelo, impulsada por el salto de los dos perros.

La sangre los excitaba y ya estaban excitados por el aperitivo anterior. Sus mandíbulas no cedían en su presión. Era una de las características de los perros de presa. Cuando muerden no sueltan. Se informó bien antes de decidir el tipo de perro que llevaría a la casa.

Apenas sentirá dolor. A los pocos segundos habrá muerto asfixiada y no será consciente de la carnicería posterior.

Alejandro escuchó el golpe de la caída y se puso en tensión. Sabía lo que venía a continuación y no se quería perder el espectáculo. Era la tercera vez.
Sintió una mezcla de morbo y placer sexual a la vez. Comprendía a la perfección los sentimientos que describía el Marqués de Sade cuando, en sus libros, detallaba las fiestas de sus protagonistas, que siempre acababan en orgías sangrientas.

La primera vez que ocurrió también fue un lamentable accidente, como el de su familia.
Cuando la chica bajó a la cocina, los perros estaban dentro e interpretaron que la extraña era persona non grata.
El resto… es fácil de imaginar.

A una orden suya, los perros dejaron de destrozar el cadáver de la que, unos minutos antes, había sido su amante.

Ahora le quedaba mucho trabajo por hacer antes de que amaneciese. Tenía que borrar cualquier huella de lo que allí había ocurrido.
Lo que le costó más esfuerzo fue volver a vestirla. Los animales se habían ensañado y eso dificultaba la operación.
Metió el cadáver en el maletero del coche de Marian. Limpió con extremo cuidado toda la cocina. Lavó a los perros para eliminar los restos de sangre y cuando, después de una inspección minuciosa dio el visto bueno a la casa, metió también una bicicleta en el coche y arrancó.
Se desplazó 30 Km., hasta una zona donde la carretera bordeaba el mar, sin defensas y a una altura considerable. Cualquier despiste al volante podía ser fatal.
Sacó el cadáver del maletero, le quitó la bolsa de plástico en que lo había envuelto y lo situó en el asiento del conductor. Esta vez iba a ser sencillo, el coche era automático. Solo tendría que apoyar el pie de la víctima en el acelerador y soltar el freno de mano en el último momento. Se aseguró de que no viniese ningún vehículo. Aceleró con la velocidad puesta y soltó el freno.
El salto era de unos 50 metros y la profundidad en aquella zona era más que suficiente como para que no se viese el coche.
Contempló su caída, esperó hasta su total inmersión. Encendió un cigarrillo, miró hacia el cielo estrellado y lo lanzó al mar siguiendo su estela con la mirada.
A continuación, se subió en la bicicleta y emprendió el camino de regreso monte a través.

10,30 horas, jueves, 1 de octubre

A la mañana siguiente se despertó tarde. Relajado y tranquilo.
Esperaba lo que podía ocurrir en los próximos días. Era probable que alguien denunciase la desaparición de Marian. Era probable que la policía investigase su última cita, si es que había dejado constancia de ella. ¿Qué podían suponer? ¿Un despiste al volante? ¿Exceso de velocidad? ¿Suicidio, alcohol, drogas, un ajuste de cuentas?, había muchas posibilidades. A fin de cuentas era una prostituta, aunque fuese de lujo. No le preocupaba en exceso, en pocos días los depredadores marinos harían su trabajo y aunque encontrasen el coche y el cadáver, su estado sería consecuencia de la acción de los peces.
En el fondo deseaba que lo cogiesen.

La doncella no ha llegado todavía, tendré que llamarle la atención.

Dio de comer a los perros, se sirvió una taza de humeante café y se sentó en el porche a contemplar el mar. Tenía una nueva idea para su próximo libro.

Fin


Escrito en recuerdo de dos doberman que tuve el placer de criar, con los que conviví durante cuatro años y que me brindaron muchas, muchas satisfacciones y algún que otro susto.

H. Chinaski


Un libro

Edgar Allan Poe, “Relatos”




Resulta sorprendente la admiración que Baudelaire sintió por Poe, con el que se sintió completamente identificado.
Dos almas atormentadas, casi coetáneos, que por suerte, sintieron la irrefrenable necesidad de luchar contra sus fantasmas utilizando la pluma como espada y el papel como escudo.




Abrí entonces el postigo y con un tumultuoso aleteo, entró un majestuoso cuervo digno de los tiempos antiguos. No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto; pero con el aire de un señor o de una dama, perchóse encima de la puerta de mi habitación; perchóse sobre un busto de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación; perchóse, se instaló y nada más.

Entonces, aquella ave de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad de su fisonomía, inducía a mi triste imaginación en la sonrisa:
“! Aunque tu cabeza – le dije – no lleve capote ni cimera, ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo, viajero partido de las riberas de la noche¡”. “¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la Noche plutónica!”…… El cuervo dijo “¡Nunca-más!”

Me maravilló que aquél desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la palabra……………

Fragmento de “El Cuervo” de Edgar Allan Poe

H. Chinaski

jueves, 27 de agosto de 2009

PENA, PENITA, PENA

27 de Agosto

Desde hace quince días, presencio la misma escena.
Mientras estoy desayunando veo una pareja de unos 60 o 65 años que, aproximadamente a la misma hora pasan por delante de mi terraza, camino de la playa.
Son de baja estatura. Muy pasados de kilos, ella más que él. Y dada su envergadura y su talla, andan de una forma peculiar, desplazando el cuerpo con rápidos movimientos laterales para impulsar sus piernas en cortos pasos.
Cada día, él va unos 20 metros por delante de ella. Lleva una bolsa de deporte. Ella lo sigue, a duras penas.
Cada día se sientan justo enfrente de mi posición, en el pretil que limita el paseo marítimo con la arena de la playa.
Él llega primero, abre la bolsa de deporte, saca una bolsa de supermercado que contiene unas chancletas. Se cambia el calzado y llena la bolsa con sus zapatillas.
Mientras, ella ha conseguido llegar hasta su posición y se sienta a su lado con evidentes síntomas de cansancio. Él, de forma brusca, quita de sus pies los zapatos que la han llevado hasta allí y los sustituye por otras chancletas. Se quita los pantalones, forma una pelota con ellos, los introduce en la bolsa de deporte y continúa el camino hacia la orilla.
Ella, después de los breves instantes de descanso intenta seguir su ritmo con evidentes dificultades.
Hay cien metros de arena hasta la orilla del mar.
La distancia entre ellos se incrementa sin que él vuelva la vista ni una sola vez. Cuando ella llega, él ya se ha instalado en su hamaca.
Hoy se ha repetido toda la secuencia, pero algo no iba bien desde el principio. La distancia entre ellos era mayor de lo habitual y cuando él ha llegado a mi posición, ella estaba apoyada en una papelera, descansando cincuenta metros atrás. Él la ha increpado con un gesto de sus manos para que se diese prisa. Como si le fuesen a quitar el sitio en la orilla de la playa.
Cuando ha llegado, después de un descanso más, él la esperaba, ya cambiado, con evidentes signos de enfado por su lentitud. Le ha sustituido el calzado con más brusquedad de lo habitual y ha emprendido su camino hacia la orilla.
Ella, después de unos segundos, se ha incorporado con esfuerzo y ha reanudado su periplo hacia el agua, con ese andar curioso, como de un tente-tieso.
He deducido que algo no iba bien cuando a los pocos metros ha hecho su primera parada de descanso. Caminaba con los brazos en jarras, supongo que para facilitar su respiración. En un recorrido de unos cincuenta metros ha parado, no menos de seis veces a descansar. El trecho recorrido, cada vez era menor, antes de detenerse a descansar unos segundos.
Él ya había llegado a la orilla cuando ella ha caído. Ni siquiera se ha dado cuenta. Como siempre, no ha vuelto la vista ni una sola vez en todo el recorrido.
Desde la distancia a la que me encuentro no puedo saber la causa. Un matrimonio que pasaba cerca se ha aproximado para auxiliarla. Han sacado un teléfono móvil y han efectuado una llamada.
A los pocos minutos ha llegado una ambulancia de la cruz roja, ha entrado en la arena y han bajado los sanitarios. A la vez que la llegada de ambulancia, le he visto incorporarse de su hamaca y ha iniciado, con pasitos cortos, el recorrido hacia el vehículo, supongo que sospechando que podía ser ella.
La ambulancia ha activado su sirena y ha salido de la playa.
No se si la historia ha tenido final feliz, o no. De lo que si que estoy seguro es de que ella no merecía lo que le ha ocurrido.
No se si era su pareja/marido (sospecho que si) o su hermano, me da igual. Fuera quien fuese es un impresentable para el que se me ocurren muchos apelativos y ninguno cariñoso. Seguramente, si tiene animal de compañía, lo tratará mejor que a ella.
O quizás el animal de compañía sea él.
Es mi deseo que sea una "especie a extinguir" y que no goce de la etiqueta de "especie protegida", aunque muchas veces lo parece.

H. Chinaski.

martes, 25 de agosto de 2009

SIN PALABRAS


Entró en la cafetería, como todas las tardes y la buscó con la mirada. No había llegado. Quizás esa tarde no fuese.
Localizó su rincón habitual y se sentó a esperar al camarero.


Ella llegó a los diez minutos. La vió entrar acompañada, como siempre, por una mujer mayor. Se sentó tres mesas delante de la suya. Observó como se quitaba su gabardina y hurgó en su bolso, sacando el paquete de cigarrillos, un móvil y un note-book, que depositó en la mesa. La mujer mayo, intercambió unas palabras con ella y se marchó.
Él ya estaba inmerso en su propia lectura cuando se percató de su entrada.


La observaba desde hacía unos meses. Muchos días coincidían en el local y no podía evitar mirarla con discreción.
Con estilo, de mediana edad, atractiva pero no guapa. Con gafas oscuras de Versace que nunca se quitaba. Pasaba aproximadamente dos horas cada vez que iba, conectaba al note-book unos cascos y mientras se tomaba dos infusiones, leía o escribía. Después volvía la misma mujer que la había acompañado y se marchaban.


Al principio, no se percató de que era invidente. Sus movimientos eran seguros, no había vacilación en lo que hacía. Se fijó en que siempre dejaba las cosas en el mismo sitio, para saber exactamente donde estaban. Solo algún titubeo a la hora de encender los cigarrillos, que consumía uno tras otro delataban su minusvalía


Durante ese tiempo, ella miraba a su alrededor, inquieta por sentirse observada.


Él, cada vez con menos disimulo, se fijó en detalles como sus manos. Manos que parecían no haber sido castigadas con el trabajo diario. Manos bonitas, delicadas, con dedos creados para acariciar. Adornados con dos anillos y una alianza, que delataba su estado civil.


También se fijó en su rostro. Tenía una expresión de permanente intranquilidad. El contorno de los ojos, a pesar de estar tapados por las gafas, dejaba escapar alguna pequeña arruga y unas leves ojeras que parecían indicar preocupaciones.
Llevaba una media melena de cabello castaño muy claro con un corte moderno que encajaba perfectamente con su rostro.
Y fumaba, fumaba mucho.


Le gustaba esa mujer, pero nunca se atrevió a acercarse para entablar una conversación con ella. Su carácter tímido se lo impedía. Tenía miedo a su respuesta, pero decidió que hoy tenía que ser el día.


Él también fumaba.
Preparó el tabaco, sacó su pipa y empezó a llenarla con delicadeza. Le dio la presión justa y la encendió. Preparar la pipa era un ritual. Fumarla, también.


Sabía que, como cada tarde, ella giraría su rostro hacia el origen del aroma que de repente invadía el local. El olor dulzón del humo no pasaba desapercibido. Y le dio la impresión, una vez más que ella lo miraba sonriendo, aún sin verlo, tras esos cristales oscuros.


Como cada tarde, él pensó cuál sería la mejor forma de acercarse a ella.


Se aproximó hasta su mesa acompañado de su pipa. Le preguntó si podía acompañarla unos minutos. Ella lo reconoció por el aroma del tabaco y le dijo que si.
Él notó con agrado el aroma de su perfume. Opium de ISL, su favorito.
Le habló de cosas intrascendentes, pero manteniendo su atención. No hubo ninguna alusión a temas personales. Ni siquiera sus nombres.
Él le preguntó si quería acompañarlo.
Ella permaneció en silencio unos segundos, sabiendo lo que le preguntaba, meditando su respuesta, y con una leve inclinación de cabeza, le indicó que si.
Llamó por teléfono a la mujer que, puntualmente, iba a recogerla, salieron de la cafetería y tomaron un taxi.


Eligió un hotel discreto y alejado del punto de encuentro. La tomó del brazo después de pagar la habitación y la guió hasta la cuarta planta. Una vez dentro se quedaron sin saber que hacer y se produjo un embarazoso silencio. Ella se desprendió de su gabardina y se sentó en el borde de la cama. Él le preguntó si podía besarla. Contestó que si, pero antes quería reconocerlo.
Levantó sus brazos y él se acercó. Le acarició el rostro con delicadeza. Más que con sus dedos parecía el contacto con unas alas de mariposa. Evaluó su cuerpo y cuando hubo terminado le ofreció sus labios para que los besase…….


A la hora convenida, la mujer mayor cruzó el umbral de la puerta y se dirigió a la mesa. Se saludaron, metió en su bolso el note-book, el móvil y el tabaco. Ella se levantó como cada tarde para ponerse su Burberrys y salir a la calle. Un coche con chofer esperaba en la puerta.


Una tarde más, él maldijo para si su falta de decisión.
Una tarde más había perdido la posibilidad de hacerla suya.
Una tarde más se prometió a si mismo que al día siguiente lo intentaría.


FIN


Un libro

“Miedo a volar” de Erica Jong

Descripción genial del falso puritanismo de la sociedad norteamericana con respecto al sexo

……Ni siquiera te procuraban, como a las muchachas europeas una filosofía cínica y práctica. Esperabas no desear a otros hombres después de la boda. Y esperabas que tu marido no deseara a otras mujeres. Luego, llegaban los deseos y te veías abocada al pánico del odio por tu propia persona. ¡Que mujer más perversa eras!. ¿Cómo podías seguir entusiasmadas por hombres extraños? ¿Cómo podías estudiar sus pantalones con protuberancias así? ¿Cómo podías asistir a una reunión, imaginando como jodería cada uno de los hombres allí reunidos? ¿Cómo podías hacerle esto a tu marido?.........
………La Jodienda descremallerada era más que joder. Era un ideal platónico. Descremallerada, por que cuando te juntabas, las cremalleras bajaban como pétalos de rosas, las prendas interiores se esfumaban en un suspiro. Las lenguas se entrelazaban y se convertían en líquido………..


Fragmento de "Miedo a Volar"

Hasta pronto

H. Chinaski

jueves, 6 de agosto de 2009

VACACIONES

Viví en una casa de campo. Pasé parte de mi infancia entre árboles, estando todo el tiempo que me dejaban en la calle, rodeado de naturaleza. Me gustaban las cuatro estaciones del año, lo pasaba bien en cualquiera de ellas.


Quizás, el verano era la más divertida. No había que ir a la escuela del pueblo. Tenía la piscina en casa y cada año, pasábamos un mes en la playa, en casa de unos amigos en San Sebastián.

Los recuerdos de San Sebastian son algo confusos. La lluvia, la Concha, el Monte Igueldo……
Las maratonianas jornadas de playa de más de ocho horas que, acompañadas de un potingue esparcido por la piel, puesto de moda entonces y cuya base era grasa de ballena, me garantizaban algunas noches sin pegar ojo y con el cuerpo del color de una fresa.

Nunca fui capaz de entender la razón por la que cada año había que pasar por ese trance, sin remisión y cuyo final era siempre una muda de piel como si yo hubiese sido una serpiente.
Tengo muchos recuerdos buenos y dos especialmente desagradables de mis estancias en San Sebastian.

El primero tuvo lugar en la misma playa de la Concha, donde -otra de las cosas que jamás llegué a comprender- había que bajar muy temprano, para conseguir un espacio de un metro cuadrado, con suerte, en una zona en la que las mejores vistas eran las piernas de l@s vecin@s, que habían madrugado más que nosotros.


Donde había que plantar una sombrilla, como símbolo de conquista, que al abrirla acababa rozando a la de los vecinos con la consiguiente protesta y cara de mala leche y que normalmente no usaba nadie.

De ahí el color fresa.

Había que extender, además, varias toallas que corrían una suerte parecida a la de las sombrillas, ya que si a alguien le daba por tumbarse, lo que recibía era algún pisotón de los que transitaban camino del agua y la sombra de los “vecinos conquistadores”, que al sufrir el mismo problema, permanecían en pie con caras de cansancio y aburrimiento.


Los niños, como era mi caso, teníamos el típico divertimento playero del "cuboconpala" que, en un alarde de generosidad, nos permitían usar en una zona entre las toallas y en la que cabía escasamente la anchura de la pala y con las que excavábamos agujeros como si quisiéramos llegar a las Antípodas.
Agujeros que, indefectiblemente, eran ocupados por algún que otro pie despistado con el consiguiente susto para el metepatas y enfado para nosotros por destrozarnos el foso.


Y que decir de las inevitables salpicaduras de arena, producidas en nuestro afán arqueológico al excavar.

Miradas asesinas y ......

“Niñooo no tires arena que manchas”.

Y yo ingenuamente me preguntaba:

“¿Pero de que protestan si ya van todos pringaos de cremas y arena? No entiendo nada.”

Un buen – perdón, mal – día decidí hacer una excursión en solitario hasta la orilla, a recoger agua para iniciarme en esto de la construcción de castillos.

Fue más o menos como cruzar por una pista de entrenamiento de los marines americanos. Sorteando pies, piernas, toallas, bolsas….pero al fin lo conseguí. Después de llenar hasta el borde el recipiente, o sea el cubo, inicié el camino de regreso hasta el campamento.

Pero, de una forma absurda, me desvié de la línea recta y después de un buen trecho recorrido y haber escuchado varias veces el típico:

“Niñooo cuida con el agua que me mojas”

A lo que yo, ingenuamente otra vez, me volvía a preguntar:

“¿Pero no se viene aquí a eso precisamente? No entiendo nada”

Fui consciente de que la fatalidad se había cebado conmigo haciendo que me perdiese.
Paré en un claro en el bosque de toallas y sombrillas, miré a mi alrededor hasta donde mis ojos alcanzaban a ver y vi gente de todo tipo, alcurnia, colores, etc., pero no vi a mis padres.

Y la angustiosa sensación inicial dio paso a un reparador llanto en forma de gritos de llamada con muchos decibelios de por medio.

La comuna vecinal de conquistadores, reparó en mi presencia y con una lucidez digna de encomio me preguntaron:

“¿Niño te has perdido?”.

Con las consiguientes apostillas como :

"Si es que algunos pdres tiene una pachorra...

Yo no me molestaba ni en mirarlos, que bastante tenía ya con lo mío, pero era para contestar:

“No, es que me apetece llorar llamando a mis padres a gritos”

"¡Pues claro que me he perdido!"

Mis padres, por fin, debieron de escuchar los gritos y vinieron a rescatarme.

La segunda fue un poquito menos traumática, pero la sensación que sentí fue la misma. Básicamente, porque me ocurrió lo mismo, pero en la calle.

Íbamos paseando una tarde y yo me quedé un poco rezagado, sin darme cuenta de que habían girado por una esquina. Cuando levanté la vista y vi que no estaban me quedé paralizado y empecé a reconocer la sensación de angustia que, de manera familiar, me asaltaba en estos casos.
Por suerte, esta vez duró poco, porque se dieron cuenta de que no les seguía y volvieron sobre sus pasos.
Rescatado al fin.

Anécdotas aparte, lo pasé muy bien durante esos años en La Bella Easo.
La experiencia me sirvió para sacar y aplicar dos conclusiones.

Una me encantan la playa y el mar. Y dos aborrezco las aglomeraciones y mucho más en las vacaciones.
Por eso elegí un sitio tranquilo. En el Mediterráneo. Donde, no tienes que sujetarte a un horario, ni pisar la cabeza de nadie para llegar a la orilla del mar y escuchar el murmullo de las olas.

Felices vacaciones

H. Chinaski

domingo, 2 de agosto de 2009

MOBBING


Acaricio su pecho con rabia.
No estaba disfrutando un momento de pasión. En realidad le daba igual.
Descargaba su agresividad en forma de deseo sexual, de la misma forma que hubiese podido liarse a puñetazos con el primero que se cruzase en su camino. Sin ninguna razón.
A ella parecía gustarle ese punto de sadismo.
Mordió su cuello y sus pezones arrancándole gemidos que le urgían a continuar.

Sonaba el concierto para cello de Haydn y los sonidos que la intérprete arrancaba al instrumento parecían marcar el ritmo del acto, como si se tratase de un metrónomo.
Quizás fue la música, era lo único que le calmaba. Su ritmo se normalizó. Acerco su boca al vientre de la mujer, le dio un beso mientras ella acariciaba su pelo y rompió a llorar como un niño.

Hacia dos días que lo conocía. Habían coincidido en una pequeña galería de arte en la que se exponían obras de un pintor novel.
Le llamó la atención la forma en la que observaba los cuadros. Parecía comunicarse con ellos. Tanto se abstraía que no se dio cuenta que era observado hasta que paso un buen rato.
Le pareció atractivo. Se acercó y le hizo un comentario banal sobre la pintura que estaba contemplando. Cenaron juntos aquella noche y cuando la acompaño a su casa quedaron para el día siguiente.

Puso el marca páginas en el libro y lo cerró. Dudó por unos momentos y por fin decidió ponerse a cocinar un postre.
Como al protagonista del libro que estaba leyendo, era de las pocas cosas que le relajaban.
Opto por hacer Coulant de Chocolate. Preparo cuidadosamente los ingredientes y los útiles de trabajo que iba a necesitar. Mantequilla, azúcar, huevos, harina, sal, canela y chocolate.
Pesó con precisión matemática las cantidades de cada ingrediente.
Lo aprendió cuando comenzaba a practicar. Las cantidades han de ser exactas. Un postre es como una formula química, si modificamos el peso de algún elemento, el resultado ya no es el mismo.
Cocinar le dejaba pensar con claridad

La similitud del protagonista del libro con sus circunstancias actuales eran demasiado parecidas. ¿era una casualidad? O el destino le estaba enviando algún mensaje.
El sufría desde hacia cuatro años el mismo problema que su protagonista, incluso el autor del libro quiso que coincidiesen en muchos aspectos. Descripción física, aficiones, etc.
Ocupaba un cargo importante en su empresa. Su trabajo siempre fue una parte muy importante de su vida y era bueno en lo que hacia. Es lo que le enseñaron desde pequeño y lo asimiló bien. Podría ser, perfectamente el estereotipo de la persona que empezando desde abajo llega alto a base de esfuerzo y sacrificio.
Cuatro años atrás era una persona alegre, poco intransigente, que conocía los errores humanos y los perdonaba.
Cuatro años atrás la empresa en la que trabajaba pasó por momentos delicados y se introdujeron cambios. Cambios que eran necesarios para reconducir la situación. Situación provocada por una mala gestión continuada del propietario del negocio, a pesar de los repetidos avisos que le anunciaban el desastre.
Hoy ni perdonaba ni olvidaba

Preparó los recipientes que contendrían el Coulant, los engrasó cuidadosamente con mantequilla y los enharinó a continuación.
En otro recipiente puso la mantequilla, que previamente había dejado a temperatura ambiente para que se reblandeciese, y el azúcar glas para mezclarlos. Le gustaba el tacto de la mantequilla cuando estaba en pomada. La suntuosidad que transmitía a sus dedos le recordaban al suave tacto del seno de una mujer.
Montó la mantequilla con el azúcar, agitando con velocidad la varilla y añadió los huevos para seguir montando.

Recordaba que, desde las primeras conversaciones con el accionista, intuyo que las cosas no iban a ir bien para el. Habían contratado a un “figura” como director general al que conocía desde hacia años y a partir de entonces empezó el infierno. Se dedicaron desde el primer momento a poner en práctica todos los capítulos que contiene el manual del “mobbing”.
Cada día de trabajo era un sufrimiento continuo. Era acosado, cuestionado, humillado….y el aguantaba estoicamente.
O eso es lo que el creía.
Sabia que no había hecho nada que justificase aquello. De su trabajo anterior, no había nada que pudiesen cuestionarle, salvo, quizás, haber llegado demasiado arriba, con los consiguientes ataques de cuernos, para un hombre, falto de personalidad, que lo había empujado a eso y que después no supo digerir que alguien le pudiese hacer sombra.
El aguantaba cada dia con la esperanza de que la situación cambiase y sobre todo por su familia, Intentaba no trasladar a su casa toda la mierda que tenia que soportar, pero era muy difícil, en realidad era imposible y cambió.

Una vez montado, añadió la harina, el cacao, las especias y la sal. Continuó batiendo hasta conseguir la textura que requería e incorporó el chocolate fundido. Le gustaba el chocolate con alta proporción de cacao y es el que utilizaba siempre.
Repartió la masa en los recipientes, los cubrió con film y los introdujo en el congelador. Tendrían que estar una o dos horas.

Ella permaneció en silencio y sin saber que hacer cuando Oscar rompió a llorar. Le preguntó lo que le pasaba, intentó consolarlo pero el solo lloraba con desesperación.
Ya no podía aguantar mas la situación.
Hacia tres días que decidió poner fin a ese suplicio para el y para los que le rodeaban.
Su familia ya no soportaba a la persona en que se había convertido.
Empezó a beber mas de la cuenta, su carácter se volvió agrio e insoportable. Se sentía incomprendido y rechazado por todos.
Lo había perdido todo por una mierda de trabajo por el que había sacrificado toda su vida.
Llevaba dos años sin hacer el amor con su mujer.
Sus hijos, no reconocían al hombre vivía con ellos y que en algún momento dejo de comportarse como su padre.
Sencillamente había tocado fondo y ya no quería seguir.
Se vistió lentamente, en silencio y se marcho de aquella casa, desconocida para el, sin decir ni una sola palabra de despedida.
Sujetaba la cortina con una mano para tapar parcialmente su desnudez.
Lo vio salir por el portal, desde la ventana de su dormitorio, caminando despacio, ajeno al aguacero que estaba cayendo en esos momentos.
Vio como se dirigía a su coche y subía en el.
Arrancó y se incorporó a la avenida.

Los 260 caballos de su Aero empujaron al vehiculo a gran velocidad
Ella intuyó que no tenia ninguna intención de parar cuando se estrelló frontalmente contra el autobús quedando medio coche bajo sus ruedas. Al momento se incendió. Los servicios de emergencia no pudieron hacer nada para sacarlo con vida.
Olvidándose de que estaba desnuda se sentó en la cama y rompió a llorar.

Cerró el libro y se prometió a si mismo que ese no seria su final, a pesar de las similitudes en la historia.
Ningún aprendiz de Torquemada, de misa y comunión diaria, ni ninguna chihuahua con vocación de rottweiler iban a darse esa satisfacción.
Meditó muy despacio cuales serían sus próximos pasos
.

Precalentó el horno a 220 ºC
Sabía que era la parte mas delicada del proceso y le gustaba ser minucioso.
Era fundamental mantener la proporción adecuada entre temperatura, tiempo de horneado y dimensión del recipiente.
En este caso sabia que no bebían estar mas de 12 minutos colocándolos en la parte baja del horno.
Cuando paso el tiempo los saco, dejó que se enfriasen un poco y bordeo el interior del recipiente con un cuchillo para volcarlos delicadamente en un plato a continuación.

Su mujer y sus hijos volvieron del supermercado y se encontraron con la sorpresa del postre.
Fue perfecto, al abrir el bizcocho surgió de su interior una lengua de chocolate líquido como estaba previsto.

El sonreía mientras se lo iban comiendo.

Unas semanas mas tarde ocurrió una terrible desgracia.
Un lamentable accidente de tráfico, había resultado con el fallecimiento de dos directivos de la empresa.
Al parecer la inexperiencia al volante de la directora de personal provocó la salida del vehiculo en una curva cerrada cayendo por un terraplén. Le acompañaba el director general de la misma compañía. Cuando se encontró el vehiculo ambos estaban muertos.

Mientras releía na noticia en la prensa, volvió a sonreír


Un libro


Hemingway escribió este libro en Cuba en 1951.
Cuando lo leí, hace muchos años, me ayudó a entender, que las cosas que merecen la pena custa mucho esfurezo conseguirlas, aunque el resultado final, no sea el que nosotros esperamos.
Breve historia de Santiago, viejo pescador cubano, sin suerte en la vida, abandonado por su único ayudante y despues de 84 días sin pescar absolutamente nada, que cuando logra que pique el gran pez entabla sucesivas batallas, primero con el propio pez y despues con algunos tiburones que se van alimentando del mismo, hasta llegar a puerto.
En este caso, contra lo que opinó una amiga en su blog, creo que es preferible ser alguien que ser algo.
Hasta pronto
H. Chinaski